Los Potros de Hierro del Atlante se convirtieron en un equipo sin alma, sin identidad y sin un dueño que metiera las manos por ellos

Atlante enfrenta el cuarto descenso en su casi centenaria historia. Así, sin sorpresas, porque todo mundo sabía que el Potro estaba condenado al matadero desde la temporada pasada cuando acabaron en el fondo de la tabla. Era cuestión de tiempo para ver la debacle de un equipo que terminó desarraigado, descobijado, echado al foso de los leones, desairado, desatendido.

Un pésimo manejo de los de pantalón largo fue el claro causante del descalabro atlantista. Alejandro Burillo, José Antonio García, Miguel Angel Couchonal fueron meros espectadores de la caída del equipo. Cuando pudieron no invirtieron para reforzar al plantel y, en cambio, vendieron lo poco de calidad que tenían.

El título conseguido en el 2007 cuando los “Prietitos” llegaron a Cancún fue flor de un día que se fue marchitando con el tiempo. El también llamado “equipo del pueblo” perdió lo poco que le quedaba con su salida de la capital mexicana, pensando que en el paraíso caribeño iban a forjar nuevas querencias. Pasó todo lo contrario, Atlante no pegó en una zona donde una gran parte de la población está de paso, turisteando, divirtiéndose, y si de paso se puede y no hay otra cosa qué hacer, ir al estadio a ver al Atlante.

Ahora los directivos dicen que buscarán la forma de mantener al equipo en primera comprando una franquicia y darle otra sede que pudiera ser Acapulco o en Ciudad Neza. Quieren lavar sus errores con manejos, si no ilegales, sí poco honorables. Si quieren volver a jugar en primera división tienen que ganárselo en la cancha, levantarse con orgullo propio y luchar con dignidad; tiene que renacer el espíritu azulgrana de aquel equipo fundado en el D.F. por la clase trabajadora en la colonia Roma, hace 98 años. Pero los primeros que lo deben de entender así son sus directivos, de lo contrario, el Potro seguirá cabalgando en la mediocridad y, lo más triste, en el olvido. EC

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