El final de Gabriel García Márquez fue sonado en todo el mundo, llorado en Colombia, su país natal, y en México, su país adoptivo

Qué razón tenía ese ministro colombiano —de cuyo nombre no puedo acordarme— cuando, de entre toda la maleza de comentarios por el adiós al genio, soltó una verdad categórica y rotunda. “Hay gente que debería vivir toda la vida”. A esa esperanza se aferraron los millones de colombianos que celebraron en vida la figura de Gabriel García Márquez por encima de cualquier atleta o futbolista profesional, la de que viviera eternamente, que pudiera superar una enfermedad tras otra para poder volver a Aracataca, a su tierrita, para darse el enésimo baño de masas.

Pero la vida no es ese realismo mágico que surgió, en gran medida, de su tinta desgarradora y alargada, sino otra cosa más sobria, mucho menos entretenida. Por eso el mundo tuvo que resignarse el jueves y llorar los 87 años del premio Nóbel colombiano, del hombre que residió durante muchos años en México y que acabó sus días en ese país adoptivo, siempre con Colombia en la mira y con el resto del continente americano al hombro, el territorio al que marcó para siempre con su forma generosa de escribir.

De todos, decía el propio Gabo que se quedaría con el doctor Urbino y su amada Fermina Daza, “El amor en los tiempos del cólera”, aunque en todos los obituarios de la prensa mundial sonará sin cesar “Cien años de soledad”. Todos en realidad tuvieron el componente de encandilar con una prosa ligada que parecía no terminarse nunca, con incrustaciones constantes de su espíritu criollo y metáforas tan sonoras que hacían crujir las páginas de tanto en tanto.

García Márquez abanderó una generación irrepetible de escritores latinoamericanos como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Octavio Paz, Alfredo Bryce Echenique, Carlos Fuentes y Octavio Paz, por nombrar algunos. Y puede que no fuera el mejor, ni el más denso, ni el más variado en su temática literaria, pero desde luego era un genio en su forma de conectar con el público, en conseguir que millones de personas se acercaran a una novela. Y qué novelas.

Toca decirle adiós a Gabo, el hombre que dejó todo tipo de perlas. “Cuando no escribo, me muero; y cuando no lo hago, también”, por ejemplo. O “La sabiduría nos llega cuando no sirve de nada”. Descanse en paz. EC

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