El amor entre marido y mujer es una de las bases más sólidas para lograr la felicidad y bienestar de los hijos. La seguridad de crecer en un hogar en el que los padres se aman es uno de los factores que más contribuirá a la dicha presente y futura de los niños y adolescentes.

Al niño, por supuesto, no debemos excluirlo de la vida familiar para dedicar todo el tiempo al esposo. Al contrario, es altamente aconsejable que los pequeños compartan muchas horas de vida hogareña con sus padres, que se acostumbren a estar con papá y mamá, a salir con ellos de excursión al campo o a la playa, a participar intensamente de la comunidad familiar, en la forma más apropiada a la edad del niño.

Pero el marido y la mujer también necesitan un poco de intimidad, de soledad tranquila y sosegada para disfrutar de la mutua compañía, de la recíproca comunicación. Hay mujeres que olvidan esto, sin darse cuenta que ellas mismas están alejando a su esposo e, indirectamente, haciendo un daño a sus hijos. El esposo no puede convertirse en algo de importancia secundaria para la mujer,  siempre sacrificado o relegado a un segundo o tercer plano. El se resentirá de esta actitud femenina y, abandonado afectivamente a sus propios recursos, terminará por reaccionar de maneras muy diversas, que pueden ir desde el mero mal humor hasta la más definida infidelidad. ¿A qué se deben muchos de esos divorcios que tanto nos sorprenden a veces, y que dan al traste con un matrimonio de quince o veinte años, sin causa aparente?

La maternidad es sagrada función de la mujer, pero en modo alguno excluyente de sus deberes de esposa. Un matrimonio cariñoso, íntimamente compenetrado, en el que ninguno de los cónyuges se sienta preferido por el otro, es el mejor cimiento para la felicidad, la seguridad y el mejor desarrollo humano de los hijos.

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