La Máquina Celeste celebra medio siglo en Primera División en medio de una profunda crisis de títulos

Duele. Hiere. Molesta. Lastima. Pero también el seguidor del Cruz Azul ya se hizo inmune a los ataques recurrentes y aguanta vara que le digan en su cara que su equipo es el “subcampeonísimo”, el “frustrazul”, el “fracazul”, los “pechos fríos”, la estás “cruzazuleando”.

El equipo cementero es uno de los más regulares del fútbol mexicano, pero no gana campeonatos. Está de fiesta, pero es como celebrar sin música, sin nada qué presumir.

Son 50 años en Primera División. Ocho títulos, de los cuales siete se consiguieron a finales de los 60 y en los 70. Una máquina que quemó todo su combustible en una sola década. La inercia le sigue dando carrera. Pero apenas llega a la final y se descarrila. Cinco finales perdidas. La Copa ganada el año pasado fue consuelo pasajero.

Con el ánimo arriba por los aires de fiesta, Billy Alvarez dijo que espera que este sea el año del equipo. Tras 16 años de sequía no se atreve a vaticinar un campeonato.

Para salir del marasmo, el cuadro celeste necesita ser más atrevido, más rebelde, no jugar con el freno de mano puesto, no jugar en automático, salirse del librito y del libreto. El “Flaco” Tena no es garantía de que eso sucederá, pero si no lo hace será más de lo mismo.

El torneo apenas comienza. Hay muchas esperanzas puestas en su flamante refuerzo, el fiestero Marco Fabián. La bujía que hace falta para encender el ataque. Arriba Pavone desespera a más no poder, pero se las arregla para meter una de diez. Joao Rojas necesita afianzarse. Jerónimo Amione y Sergio Nápoles parecen ser el futuro inmediato de la ofensiva celeste. Cuando los dos entran a la cancha el equipo se revoluciona al frente.

El Azul luce fuerte y equilibrado. Así ha estado siempre. Solo hace falta completar la tarea. Sacar la casta, el orgullo, la rabia y el coraje cuando todo lo que está en el manual se haya terminado.

Aquí no vale la máxima de que no sirve llegar sino mantenerse. La Máquina se ha mantenido arriba pero no ha llegado al Olimpo. Cuando lo haga se acabará la maldición del “subcampeonísimo”. Solo así echará las campanas al vuelo por haber llegado a los 50 años en Primera. EC

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