Además de los partidos de la Copa del Mundo, hay mucho qué disfrutar en este maravilloso paraíso sudamericano

Su nombre, los colores de su bandera nacional, su idioma, su fútbol, su música. Brasil es sinónimo de fiesta, de alegría, de pasión. Afortunados los que estarán allá con motivo del Mundial, porque no solo se empaparán con los partidos de las mejores selecciones del mundo, sino que podrán disfrutar el incomparable ambiente de una nación que es un paraíso para el turista.

Desde Manaos hasta Porto Alegre, las doce sedes de la Copa del Mundo tienen un abanico multicolor de atracciones, tradiciones y costumbres que se quedarán en la retina y en el baúl de los recuerdos de los visitantes. No hay duda de que en Brasil la vida es más sabrosa

Manaos, en el corazón de la amazonia, encierra ese encanto misterioso de lo desconocido a pesar de ser una de las ciudades más pobladas del país. El espíritu de aventura comienza allí mismo, a orillas del Río Negro, desde donde se puede explorar la selva en todo su esplendor, navegar hasta el poderoso Amazonas y echar a volar la imaginación.

Los puntos de interés de este gigante de Sudamérica se despliegan por todo su territorio. En una orilla de la nación, en la frontera con Paraguay, rugen con autoridad las increíbles cataratas del Iguazú, una maravilla natural que asombra e intimida.

Al norte y de cara al Atlántico destacan los cientos de kilómetros de playas, allí donde la historia negra es evidente en su gastronomía, en su gente, en sus fiestas. Allí donde Salvador de Bahía de Todos los Santos deslumbra por su pasado colonial, sus calles empedradas, sus paseos religiosos, su carnaval y su música. Un lugar que, cuando se visita, no se olvida jamás.

Río de Janeiro es punto y aparte. “La ciudad maravillosa” es un paraíso, una caja de sorpresas que atrae a personas de todo el mundo. Las playas seducen con su encanto, con su gente, con su colorido. Se han hecho películas y canciones donde las playas de Ipanema y Copacabana son el escenario perfecto para historias de amor y de aventura. Pero las bahías y las ensenadas que abundan en este bellísimo balneario natural son igual de espectaculares.

Allí mismo, en Río, miles de personas llegan exclusivamente para ver al guardián de la bahía, el majestuoso Cristo Redentor que, con los brazos abiertos, recibe y cobija a propios y extraños desde el Cerro del Corcovado. El Pan de Azúcar es otra formación monolítica que identifica plenamente a Río y que es adorno usual en las postales de recuerdo.

En febrero es el delirio. Es el mes del carnaval más famoso del mundo. Una fiesta extravagante de carros alegóricos bellamente decorados y cientos de escuelas de samba desfilando por el Sambódromo a ritmo del contagioso ritmo de la samba, el choro y la bossa nova.

Desquiciante. Tanta fiesta y alegría envuelven lo mismo al brasileño que al visitante. Hay tanto para ver, comer, divertirse y disfrutar, que no se puede engullir todo de una sola vez. Y eso que todavía queda Recife, la Venecia brasileña; Sao Paulo con su estadio Morumbí y su balneario de Guaruja; Porto Alegre con sus gauchos, su mate y su carne asada; Brasilia y su modernidad; Fortaleza y su Centro Cultural Dragón del Mar; Natal con sus playas de aguas cristalinas y su Barrio Ponta Negra.

No cabe duda, Brasil es un paraíso donde la vida es más sabrosa. Y para colmo, ahora tiene en casa el Mundial de fútbol. ¿Qué más se puede pedir? EC

Compartir

Más artículos de interes