Pero su marido se sumó al chiste. Para él, el niño era el símbolo de su poder, y le producía orgullo ser el padre de un bebé tan costoso. Por deducción lógica, ante padres tan excelentes, no había más remedio que aceptar a este hijo también excepcional.

Cuando nació el niño, se vio claramente cuán altas eran las expectativas de ellos con respecto a su hijo -y también, hasta que punto esas expectativas estaban destinadas al fracaso-. El niño nació con un ojo perezoso, es decir, que no se movía normalmente y tenía tendencias al estrabismo. Este percance desconcertó enormemente a sus padres. Después de todo, ¿cómo era posible que dos adultos de sus calidades y su prestigio pudieran producir un bebé que no fuera perfecto?

Además, cuando María trato de darle el seno a su bebé, no fue posible, por carecer de leche suficiente, con el agravante que el niño no podía mamar en una forma apropiada. En consecuencia, el niño comenzó a enflaquecer y después de ensayar sin resultado tuvo que alimentarlo artificialmente con biberón y fórmula especial.

María mantuvo por un tiempo una actitud valiente, y no cesó de estimular para que su muchacho se convierta en un superbebé. Le matriculó tempranamente en clases de idiomas, matemáticas y otras asignaturas. Así, cuando el bebé llego a los tres años, no tenía un solo momento libre.

Como resultado, el niño no tardó en presentar síntomas de hiperactividad. Había sido programado -aún antes de nacer- para ser un superbebé con demasiadas metas, y las presiones resultantes desencadenaron en el niño una serie de desarreglos emocionales severos.

María un día tuvo que confesar su error:
“Doctor, tengo que reconocer que “la madre perfecta” ha fracasado. Soy un completo fracaso, dijo.
 Ante esta situación el profesional le recomendó a María dar marcha atrás y dejar de someter a su hijo a esa avalancha de actividades. Dedique -le dijo el psiquiatra- diariamente algún tiempo a platicar con su hijo; demuéstrele su amor, y por favor, cambie de expectativas. Que los hijos no siempre responden a los ideales de los padres.

Y así, María y su esposo, intentaron con valor rectificar sus malas orientaciones. Abandonaron toda idea de convertir a su hijo en una copia de ellos mismos.

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