Empiezan desde pequeñas

Por mucho que nos cueste reconocerlo, este síndrome afecta fundamentalmente a las mujeres. Pero no tanto por su propia naturaleza como por la presión que ejerce la sociedad sobre ellas desde que son pequeñas. A los niños se les enseña y se les anima a actuar, mientras a las niñas se les inculca -generalmente- la inmovilidad. Así, cuando unos y otros llegan a la temida edad del burro, ellas se pasan el día agarradas del teléfono mientras ellos se cuentan las cosas cara a cara. Pero claro, las adolescentes gozan de menos libertad; llegan a casa más pronto que los chicos, tienen más dificultades de ir a dormir a casa de una amiga y, triste pero aún cierto, pocas veces pueden hablar de sus problemas en casa

Todo esto repercute en la cuenta del teléfono. Porque ya se sabe que donde vive una quinceañera, el teléfono siempre está ocupado. ¿Qué tendrán que decirse? comentamos los padres. Muchas cosas, lo que han sentido, lo que han visto, lo que sueñan, lo que se imaginan, lo que desean. Y nada mejor que la clandestinidad que proporciona el teléfono para hacerlo. Con el paso del tiempo, se reducen distancias entre los sexos, en esto de la telefonitis. Cuando se enamoran, por lo general son ellos los que recurren con más frecuencia a esta forma de comunicación.

Los enamorados hablan a todas horas, y poco importa si se han pasado juntos todo el día. Al llegar a la casa uno de los dos se abalanzará al teléfono. Por eso, si hay en casa un hombre o una mujer adultos, de ocho a diez de la noche, ni sueñe con hacer o recibir una llamada. La madre con razón dice: Si acabas de dejar a tu novia, ¿Qué tienes que contarle ahora? En realidad, nada. Se trata más bien de un mecanismo -consciente o inconscientemente- de control. Una llamada significaría: ¿Qué vas a hacer ahora? ¿A qué hora te vas a levantar? ¿Dónde nos encontraremos?…adobado por alguna frase cariñosa: te quiero o, ya tengo ganas de verte otra vez…

La soledad del ama de casa

En el caso de las mujeres que han hecho del hogar el centro de su vida y que no practican ninguna actividad fuera de él, el teléfono más que un vicio, es una necesidad. Se pasan el día solas, estructurando su tiempo en función de las necesidades de su marido y de sus hijos. Pero cuando estos vuelven, no lo hacen para intercambiar ideas con la madre o esposa, sino para comer y salir corriendo nuevamente. Así, la mujer se encuentra con que no tiene a quién contarle sus problemas: lo caro que está todo, que la lavadora no funciona, que está cansada de trabajar sin que nadie la agradezca, que tiene alguna dolencia,… Pues bien, para mantener el equilibrio mental hace falta exteriorizar los problemas y poder comentarlos con alguien. Entonces la mujer recurre al teléfono. La charla en este sentido es gratificante. Sus horas en el teléfono son de once a una de la tarde, es decir cuando no hay nadie en casa, ni posibilidad que aparezca. Se prepara el café, marca un número y al otro lado de la línea contesta una voz amiga que se encuentra en la misma situación.

Según los expertos, durante los primeros tiempos del matrimonio, la mujer habla mayoritariamente con su madre y sus amigas de soltera, sin embargo, a medida que llegan los niños, sus problemas son más diferentes a los de éstas. Y termina desviando su atención hacia otras amas de casa que conoce a través de sus hijos o de su marido. Necesita hablar, compartir e intercambiar ideas y constatar que no está completamente sola durante 12 horas al día, Y para conseguirlo, tiene sólo dos caminos: o salir a la calle, relacionarse con sus iguales o colgarse del teléfono. Y esto es lo que hacen la mayoría de las madres de familia de las grandes ciudades, donde la incomunicación aumenta día a día.

En síntesis hablar por teléfono, no es malo; es más bien una necesidad, siempre y cuando no se realice visitas por teléfono. Si ello ocurre, no sólo subirá la cuenta sino que impedirá a otras personas comunicarse. Y así por estas cosas de la vida, el teléfono se convertirá en el mejor instrumento para incomunicarse.

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