Hoy El Clasificado es una empresa de 20 millones de dólares, pero hace dos décadas sus fundadores, Joe Badame y Martha de la Torre, lo vieron muy negro para sacar la empresa adelante

Pablo Scarpellini. Los Angeles | 6 de mayo de 2013

Veinticinco años no son nada, una leve variación del célebre tango de Gardel que bien podrían entonar Martha de la Torre y Joe Badame, empresarios, innovadores y responsables del éxito de una empresa, El Clasificado, que esta semana cumple 25 años. Se dice pronto, pero hoy su aventura empresarial, al borde del fracaso en sus primeros años de existencia, es un gigante en ciernes, una organización que el año pasado estuvo cerca de facturar 20 millones de dólares y que con el tiempo se ha convertido en la publicación de anuncios clasificados en español más importante de Estados Unidos.

Cada semana, 1,5 millones de lectores hispanos del sur de California y de una pequeña parte de Arizona, consumen una revista con una interminable oferta de anuncios, además de contenido editorial con consejos prácticos, herramientas, entretenimiento y deportes (entre otras cosas) para hacerles más fácil y agradable la vida a los inmigrantes. Es un esfuerzo que surgió de la apuesta de De La Torre, de origen ecuatoriano, al entender que existía un vacío en el mercado en español.

Junto a su esposo puso en marcha el primer ejemplar en 1988 y pese a estar a punto de tener que cerrar por falta de liquidez, sobrevivió a la crisis de los 90 y lo hizo crecer. Badame ideó el cambio necesario en el sistema de distribución y los ingresos comenzaron a aflorar, con una curva de crecimiento exponencial que cada año sigue batiendo marcas.
Los 173 empleados actuales son muestra de lo conseguido, no solo en la revista en papel sino en el pequeño imperio digital que lleva años surgiendo —Elclasificado.com—, una conexión permanente con el público hispano en 25 años, de un éxito atronador en busca de metas mucho más grandes. Su ambición, dicen, sigue intacta.

Ahora se habla mucho del éxito de El Clasificado como modelo de negocio, ¿pero hasta qué punto fue difícil superar los primeros años?
(Martha de la Torre) Al principio era difícil encontrar buenos empleados y lo pasamos mal para llegar a realizar los pagos. Para ser sincera, nunca pensé que veríamos la luz al final del túnel. El momento más bajo llegó en 1989 y 1990, cuando no veía el final a este horror de no llegar a cumplir con los pagos, donde el dinero apenas entraba y tenía que lidiar con una montaña de problemas en lugar de concentrarme en ventas y en hacer crecer la compañía. No teníamos un producto que valiera la pena y eso era el problema más grave.

¿Cómo les afectó personalmente esa situación en la empresa?
(MT) Tuve que vender mi apartamento y mi coche para poder pagar a los empleados, y pedir prestado un auto cada día para poder llegar al trabajo. Fue terrible.

¿Y aún así no dejaron de creer?
(Joe Badame) Quiero aclarar que Martha siguió confiando, yo no. De 1990 a 1991 lo vi demasiado complicado, aún así seguí invirtiendo tiempo y dinero. En esa época estaba haciendo consultoría y ganaba suficiente como para mantenerme a flote y seguir invirtiendo algo en El Clasificado. Eso nos ayudó.
(MT) Todo el dinero que pude ganar con otros trabajos se fue a la empresa para poder levantarla, pagando deudas de dinero prestado que debíamos. Quería pagar las deudas y dejar que desapareciera El Clasificado.

¿Cuál fue el factor que lo hizo cambiar todo?
(MT) Parte de la motivación fue el contratar gente nueva que realmente contribuía, y la empresa empezó a ir mejor, sin problemas de prestamistas, sino ayudando a crecer. Los clientes empezaron a tener resultados. Eso fue fundamental.

Después llegó el cambio implementado en circulación.
(JB) Llegamos a tener tres modelos de negocio, y el primero, el envío por correo, era tan caro que estaba llevando a la empresa a la bancarrota. Después pasamos a la entrega a domicilio y al final cambiamos al sistema de estantes, que era barato y nos dio muy buen resultado.

¿Con qué sensación se van ahora a la cama sabiendo que tanta gente depende de ustedes?
(MT) Es un poco una sensación mixta entre orgullo y presión, la satisfacción de haberle cambiado la vida a tanta gente joven y que tienen hijos y al mismo tiempo la preocupación por dejar de crecer, de hacer bien las cosas.
JB. Lo mejor que uno puede hacer es darle una oportunidad de calidad a la gente, que disfruten de lo que hacen y al mismo tiempo conseguir una compensación financiera porque tiene un efecto dominó en la comunidad. Mucha gente que trabaja para nosotros viene de barrios humildes.

¿Cuánta energía les queda en la recámara?
(JB) Creo que la pasión está intacta. Sigo disfrutando mucho de lo que hago y del hecho de que todavía somos jóvenes. Sé que tenemos obstáculos por delante pero hemos pasado mucho. Soy optimista. EC

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