Además de zapatos, lo suyo es ayudar a los demás. Y con esa premisa ya han ayudado a cientos de familias de bajos recursos que han recibido pares de zapatos de forma gratuita. Al final, el objetivo es entregar 14 millones de pares de zapatos y al mismo tiempo que hacer la compañía viable. “Puede que no parezca el modelo de negocios ideal, pero no solo estamos en esto para hacer dinero”, explica Anne Marie Smith, quien junto a Monica Gonzales constituyen Aldabella Scarpa, una empresa muy particular de venta de zapatos para niños y adultos.
 
Solo llevan tres años y ya han conseguido donar casi 300,000 pares de zapatos a niños y niñas de bajos recursos, muchos de colegios de la comunidad en la que tienen su tienda y sede principal, Covina. El próximo 20 de agosto volverán a la carga con otro evento para proporcionarle zapatos a miles de pequeños en escuelas locales.
 
“La verdad es la sensación de darle unos zapatos nuevos a un niño es única, maravillosa”, explica la efusiva y pasional Mónica Gonzales, quien cree en la meta de alcanzar los 14 millones de pares de zapatos —“aunque parezca una locura”, dice—, una cifra que surgió del número de personas que viven bajo el umbral de la pobreza en Estados Unidos, de acuerdo a cifras de Naciones Unidas.
 
Su fórmula de momento ha dado resultado, con ventas no solo en Estados Unidos sino en varias partes del globo, como Bahrein, Kuwait y países remotos donde parecería impensable que estas latinas colocaran su producto. Pero la fuerza de internet les ha ayudado a expandirse con un producto que tiene su sello original, diseñado por una sobrina, Monica Esparza, y por la hija de Smith, Jessica, para darle un toque “cool” al producto.
 
“Queríamos que los niños se sintieran bien con lo que se ponen, porque la verdad es que muchos de los zapatos en la tiendas son para adultos y no para jóvenes. Faltaba el toque juvenil”, dice Gonzales.
 
Con esa fórmula, la del producto original y la solidaridad por bandera, han conseguido notoriedad en muchas tiendas que les compran el producto, aunque su objetivo es tener una amplia cadena de tiendas  propias.
 
Todo para un negocio que arrancó con 150.000 dólares y unas cuantas tarjetas de crédito, y que de momento está dando buenos resultados. A Mónica no le dolió abandonar el campo dental en el que estaba metida y a su hermana tampoco el directora de un colegio.
 
Ahora, estas dos latinas de origen mexicano de segunda generación hacen lo que más les gusta, seguir la tradición familiar —sus bisabuelos comenzaron a hacer zapatos— y de paso devolverle a la comunidad. “Esa para nosotros es la clave”, certifica Mónica, con una sonrisa de oreja a oreja.
 

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