No fue como el burro que tocó la flauta. Los chavos de la Sub-17 lo hicieron otra vez. Son campeones del mundo y se coronaron en su propia casa con una afición a sus pies.

Basta de soñar. El “sí se puede” se materializó en su máxima expresión. El jugador número 12 se dejó sentir en el majestuoso Coloso de Santa Ursula que se vistió con los colores de la bandera nacional. Se presagiaba la fiesta, la hazaña, otra vez como en el 2005 cuando el Tri menor goleó a Brasil allá en Perú.

En esta ocasión todo el pueblo fue invitado al agasajo. Los gritos, las máscaras de luchadores, los antojitos en la explanada del Azteca, la reventa y la gente que en oleadas iba copando las butacas. No faltó el listo que le sacó provecho a la descalabrada de Julio Gómez, e hizo su agosto en julio ofreciendo vendas con su respectiva mancha de sangre. El ruido ensordecedor metió presión a los charrúas y alentó con el grito de FUA al meta mexicano. Era la locura, la preparación de lo que sería una explosión de alegría y euforia contenida.

Hoy todos conocen al “Pollo” Briseño, el líder indiscutible del escuadrón juvenil; al de la sonrisa traviesa Jorge Espericueta; a la “Momia” Julio Gómez; al relevo de oro Giovani Casillas; al goleador Carlos Fierro y al manos seguras Richard Sánchez.

“El Potro” Gutiérrez también tiene un gran mérito, supo armar un buen grupo y arroparlos. Tomó el timón cuando Chucho Ramírez se fue y el trabajo ha dado sus frutos, pero él prefiere darle el crédito a sus muchachos. “El mérito es de ellos. Los chavos hicieron un gran torneo”, comentó orgulloso el entrenador.

Los dos últimos triunfos del seleccionado no dejaron lugar a dudas de que son un gran equipo. Contra los alemanes en la semifinal remontaron con un gran corazón y con dos golazos que convencieron hasta al más escéptico. Pero fue el gol olímpico de Espericueta el que sirvió para sacar ese extra que todos necesitaban. De esa jugada se generó la herida de Gómez en la cabeza y su posterior reingreso con una descomunal venda que lo catapultó como el héroe que hacía falta para hacer más épico el momento. Luego llegó la consagración. La chilena del triunfo del mismo Gómez. Apoteosis total. Desde allí se comenzó a saborear la copa.

Con Uruguay fue menos intenso, pero sí emotivo. Los mexicanos no dejaron de buscar el arco rival con un Carlos Fierro activo y luchón. El fue el que dio el pase al “Pollo” Briseño para abrir el marcador. Hubo sustos en el arco azteca, pero la suerte estuvo del lado del cuadro local y los postes le dijeron que no en dos ocasiones a los delanteros celestes. Luego llegó Giovani Casillas para ponerle la tapa al pomo con un gol de buena hechura.

Apareció el “Cielito Lindo”, los abrazos, las porras, el “ole” y el apapacho total del respetable, testigo presencial de esta gesta heroica que sienta un gran precedente.
El Angel de la Independencia estuvo a reventar. La lluvia también quiso celebrar y llegó a tiempo para unirse a la algarabía, sabedora de que no era propio aparecerse en pleno partido. Todo es alegría. El triunfo se saborea más cuando estás en casa, con tu gente, tus amigos, tu país.

Sonríe México. Te lo mereces. Olvida por un momento tus momentos amargos del crimen y la inseguridad y fúndete con esa juventud que te está regalando un pedazo de esperanza, de victoria, de optimismo y de gloria. EC

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