Durante 20 días, en el mundo del fútbol no se hablará de otra cosa que no sea del Real Madrid y el Barcelona, del atracón de partidos que tienen por delante los dos mejores equipos del mundo en la actualidad. Las dos potencias españolas se jugarán en unas semanas los tres títulos por los que compiten esta temporada, la Liga, la Copa y la Liga de Campeones. El que se imponga en la batalla final no sólo tendrá la recompensa de haber superado el eterno rival, sino de llevarse un buen puñado de títulos.

Promete ser algo grande para el balompié, una situación histórica que no sucedía desde 1916, muchos antes de que existiera siquiera la Copa de Europa. Cada año, los dos más grandes se ven las dos veces de rigor por la liga, pero rara vez se había visto en una final de Copa del Rey —esta será la cuarta en más de 100 años de historia— y menos en semifinales de la Champions. Sí ha habido dos antecedentes, en 1959, y en 2001, ambas decantadas del lado madridista.


Desde hace años que los culés tienen un equipo y un estilo definido que ha maravillado al mundo, frente a los altibajos de los conjuntos merengues, construidos a punta de talonario y sin tener un estilo futbolístico definido. Ganan muchos más partidos sin brillantez que los que se adjudican por su discurrir exquisito.


Aparte del choque en la liga casera, otra cosa será la final de la Copa del Rey del miércoles 20 de abril, a partido único y en el campo del Valencia. Será un encuentro a cara de perro con los nervios de punta. Además es un título que el Madrid no gana desde 1993.


Después, para rematar la función, llegará el choque más importante a doble partido y por la gloria de la ansiada Copa de Europa. A dos partidos, todos los expertos dan como favorito al Barcelona, aunque los blancos tienen en el banquillo al único antídoto que ha funcionado hasta ahora contra Guardiola, al portugués Mourinho. Ya lo hizo con el Inter de Milán el año pasado y está por ver si tiene lo necesario para repetir la gesta. EC

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