Coraje, decepción, vergüenza. Estos fueron los sentimientos que prevalecieron en los poco más de 40,000 aficionados que fueron al Azteca a ver la supuesta goleada del Tri a Jamaica.

 

El castigo del público fue evidente, coreando los pases del visitante y con tremendas rechiflas a los suyos. Unos critican su comportamiento, otros lo entienden. Pero lo que se vio en la cancha fue deplorable. Falta de precisión en los pases, desconcentración en la zaga, mala recepción del esférico y pocas ideas para hacer daño. No, no es que se haya castigado el empate ante un equipo netamente inferior, sino el desempeño de los jugadores. Sólo Corona estuvo a la altura.

 

Fue un duro golpe a la soberbia. Jamaica demostró poco y nada, pero se las arregló para darle una bofetada al gigante en su propia casa. Una mala noche, dicen. Puede ser, pero no es la única ocasión en que el equipo nacional da un par de buenos partidos y luego se cae estrepitosamente ante rivales de poca monta.

 

Ahora el Tri debe darle vuelta a la página. Tiene casi dos meses para preparar el duelo ante Honduras en San Pedro Sula, una plaza durísima por el clima, la gente y por el buen arranque de los catrachos luego de superar a Estados Unidos. Esa será una prueba de fuego y si no puede superar lo hecho contra los “reggae boys”…, a temblar se ha dicho.

 

Lo sucedido en el Coloso de Santa Ursula fue como una bola de nieve y cuando quisieron reaccionar les ganó la desesperación. Parecía que nunca hubieran jugado juntos.

 

Nuevamente se vio que la fortaleza física les ganó la partida. El talento nunca apareció. Ni Guardado, ni “Chicharito”, ni Peralta, ni Aquino, ni Marco Fabián, ni Angel Reyna. Nada, todos tuvieron problemas de control de pelota, de sociedad, de profundidad. Los caribeños, cada vez más confiados, hacían estragos en sus esporádicas llegadas al arco de Corona. Si no es por el meta azul, esto hubiera acabado peor para los aztecas.

 

Ahora, que se aguanten las críticas, que apechuguen y que se pongan a trabajar para lo que viene. Como todo en la vida, un triunfo calmará las aguas. EC

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