No, no estaban los estadounidenses en la cancha, ni tampoco ninguna de las consideradas potencias latinoamericanas como Cuba, Venezuela o la República Dominicana; los que dirimían el título eran los gigantes asiáticos Japón y Corea del Sur, uno en busca de retener su corona, el otro haciendo valer su hegemonía olímpica.

Este enfrentamiento fue una demostración de lo que deben aprender los equipos de occidente, especialmente aquí en la Gran Carpa, donde los dólares van de acuerdo al número de jonrones que pega un pelotero. Nipones y coreanos son como máquinas bien aceitadas, pero sin dejar de ser sorpresivos cuando tienen que serlo; comparando, son como esos boxeadores que te van minando con golpes cortos al cuerpo y que cuando te ven listo, te dan la puntilla final.

Japón ya no debe ser sorpresa. En la final del 2006 barrió a los cubanos, considerados por muchos como favorito en estos dos mundiales, pero que no pueden ver ni en pintura a los equipos asiáticos, porque cada vez que los ha enfrentado, han salido con números negativos. Los coreanos, por su parte, son un equipo consistente que actualmente ostenta el título olímpico.

Como en cualquier disciplina, estos dos cuadros dieron la muestra que con trabajo se pueden lograr grandes cosas, y si Estados Unidos le sigue dando prioridad a las marcas, los reflectores y los contratos millonarios, no dejarán de ser comparsas en los próximos torneos internacionales. A propósito, para el siguiente mundial que se disputará en el 2013, se tiene previsto aumentar el número de participantes a 24, tal vez llevando la serie final al país del sol naciente.

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