Dicen de él que es un genio metódico, obseso del baloncesto como un maestro del ajedrez, solitario, poco tolerante, frío y exigente al máximo con sus compañeros. Un ganador nato con una única meta: ser el mejor de todos los tiempos. Se llama Kobe Bryant (Filadelfia, 23 de agosto de 1978) y ya es, quizá, el más brillante Laker que ha dado la popular franquicia de Los Angeles, un debate que ha conseguido despertar en medio de su batalla contra los Boston Celtics por el que sería su anillo más preciado, arrancado de las garras de su archirival, como ya hicieron los otros dos más grandes, Kareem y Magic.

De momento, ya es el máximo anotador de los Lakers tras sobrepasar los 25.192 puntos del mítico Jerry West, y si mantiene el nivel, no hay duda de que entrará en el club de los 10 máximos anotadores de la NBA. Atraviesa, además, su mejor momento de juego, imparable ante las defensas rivales desde que comenzó la fase final, donde ya ha anotado 30 puntos o más en diez de los últimos 11 partidos. En total, lleva 76 encuentros superando esa marca en playoffs, todavía lejos de los 108 del otro mito con el que le comparan desde hace años: Michael Jordan.

Un personaje peculiar
Jordan y Bryant, parecidos en la pista pero muy distintos fuera de ella. Nada se parece a la vida que lleva Kobe Bryant en Los Angeles. Es la estrella indiscutible del deporte californiano, un hombre que podría hacer lo que se le antojara con su salario estratosférico: 23 millones de dólares. Sin embargo, apenas se deja ver. Pasa gran parte de su tiempo libre con su mujer en su casa de Newport Beach, jugando con sus hijas —Natalia Diamante y Gianna Maria-Onore— y estudiando a sus rivales. La canasta es su única obsesión. Quizá por eso apenas duerme por la noche, acostumbrado a cinco o seis horas de sueño para levantarse de madrugada y machacarse en el gimnasio junto a su preparador físico.

Después, vuela en su helicóptero privado hasta la azotea de un hotel de lujo en el centro de la ciudad, donde se concentra unas horas antes del comienzo de cada partido en el Staples Center. Y si hay entrenamiento, el vuelo es hasta una zona privada del aeropuerto internacional de Los Angeles, para después regresar a su mansión a dormir la siesta, obligatoria para reponer fuerzas de cara al siguiente asalto. Y no solo para él. También le ha llegado a imponer descanso a otros. Quizá por eso Sasha Vujacic dice que de marcha con Kobe, nada de nada.
 

“No es extraño que lo diga. Bryant es un hombre solitario que no tiene demasiada gente alrededor. Incluso en su equipo, es una persona que se aísla. Se lleva bien con Lamar Odom y Derek Fisher, y eso es todo. Y ni siquiera sale con ellos fuera de las pistas”, confirma el columnista estrella del “Los Angeles Times”, Bill Plaschke, que lleva más de 20 años cubriendo a los Lakers para el principal diario de la ciudad.

Reconoce, sin embargo, que es un “personaje fascinante, inteligente hasta el extremo y un hombre que domina varios idiomas —español e italiano entre ellos, después de haber pasado parte de su juventud en Europa—, pero es casi imposible llegar hasta él.

Pese a todo, sus compañeros aseguran que tener a Bryant en el equipo es un lujo y un ejemplo a seguir. Empezando por Pau Gasol. El de Sant Boi confirma la tenacidad de Bryant, a quien considera uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. “Vive por lo que hace, trabaja muchísimo y su compromiso y dedicación al baloncesto es total, lo cual es algo que admiro”, dice.

Esa obsesión, combinada con muchas dosis de genialidad, deberían darle al alero de Filadelfia, hijo de un entrenador de baloncesto y de una ama de casa, los mismos anillos que el otro genio de los de oro y púrpura, Magic Earvin Johnson. 


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