Sí, fue Pau Gasol. Pidió el balón cuando nadie lo quería y puso terreno de por medio para que la hazaña ya fuese inquebrantable. Engrosó su gloriosa carrera con un segundo anillo de la NBA y además se dio el lujo de ser factor indispensable en una final para los libros de Historia, en un Lakers-Celtics llevado al extremo, con séptimo partido (83-79) y un final no apto para cardiacos. 

Claro que a la postre el premio de jugador más valioso se lo dieron al de siempre, al eterno Kobe Bryant, que pese a todo fue a buscar a Gasol para entregarle el trofeo de campeones justo después de que lo hubiese levantado él mismo. Al menos no faltó el reconocimiento para el de Sant Boi.

Luego, entre bastidores y bañado en champán, una periodista mexicana le insistió a Gasol en eso de que el verdadero MVP era él, aunque el catalán le quitó hierro al asunto con una inevitable sonrisa. “Todos hemos tenido que ver en el éxito de este equipo, aunque eso del MVP es un poco secundario. Ganar un anillo, el segundo consecutivo, y contra Boston Celtics es lo máximo. Creo que no puedo pedir más”.  

Premiado o no, el mundo fue testigo de los nueve tantos en el último cuarto del ex barcelonista, decisivos como el despertar de Kobe al final, acertado desde la línea personal pese a que solo puso una canasta en juego a falta de cinco minutos.

Fue suficiente para acabar con unos Boston Celtics que vendieron cara su derrota, en una de las finales más emocionantes que se recuerdan en la historia de la NBA. De hecho, los perdedores merecieron mejor suerte después de haber dominado tres cuartas partes del encuentro, con una ventaja de 13 puntos (36-49) y un baloncesto más fluido que el de los bicampeones. Supieron mantener la tensión y ahogar a los Lakers mediante una defensa contundente la mayor parte de la batalla, pero se disiparon al final, mal en su porcentaje de tiro cuando más importaba e incapaces de sujetar los rebotes.

La remontada oro y púrpura
En el otro bando, el del laureado Phil Jackson, que con este ya suma once títulos, todos arrimaron el hombro y sufrieron para no arruinar la fiesta. Derek Fisher cumplió con un triple al final y Ron Artest con otro —acabó con 20 puntos y 5 rebotes— para contrarrestar las sacudidas finales de Wallace y Rondo. También Vujacic, orgulloso como una gallo de ralea en el vestuario, metió los últimos dos tiros libres que redondearon un triunfo majestuoso.

Fue un sueño hecho realidad para un conjunto que se vio varias veces frente al abismo. La depresión de Bryant en la noche en la que estaba llamado a convertirse en leyenda contagió a todos los demás, provocando unos porcentajes de tiro lamentables que dispararon las alarmas en el Staples. Eso propició el primer despegue de los Celtics, que iniciaron el segundo cuarto con nueve puntos de ventaja (14-23).

Después, como casi siempre en esta inolvidable serie, la tortilla se volvió a dar la vuelta con un eléctrico parcial de 11-2 de los de oro y púrpura que devolvió el equilibrio al marcador. Podría haber sido el principio del fin para los hombres de Doc Rivers, pero recompusieron sus filas hacia el final de la primer parte aprovechando otro bajón de los defensores del título, con Kobe ahondando en su pésima racha de lanzamientos (6 de 24 al final).

Por suerte, los Celtics no sacaron tajada de la oportunidad única que tuvieron ante sí, con los peores Lakers de toda la postemporada en terreno propio, y les dejaron una ventana abierta al anillo. Con cuatro puntos por remontar (53-57), los campeones creyeron por primera vez en el partido, sin demasiado baloncesto pero con empuje y una grada a punto de estallar.  

Gasol puso la primera y los demás se abrieron paso en un partido para no olvidar jamás, en un escenario grandioso donde los Lakers se sacaron la espina de su derrota en 2008 ante su más enconado rival.

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