México sigue batallando con problemas como el desempleo y el narcotráfico, pero con la esperanza puesta en un futuro promisorio

Hace dos siglos una nación estaba por nacer. Conformada por cerca de 6 millones de habitantes –en su mayoría mestizos e indígenas–, y al grito del cura Don Miguel Hidalgo y Costilla, inició la lucha de Independencia de México.

Hoy, con más de 107 millones de habitantes, la nación de habla hispana más poblada del mundo y una que no puede pasar desapercibida en el panorama mundial, puja por ubicarse en el llamado primer mundo.

Es el México de los tacos, las enchiladas, el mole, los chiles en nogada, los tamales, el tequila y el tepache, delicias mundanas que son parte del sello característico de esta tierra que huele a mariachi, a jaripeo, a campo y a metrópoli.

Las batallas modernas de los Estados Unidos Mexicanos (nombre oficial) ya no son por libertad o por territorio, sino por retos muy distintos a los que le dieron nombre al país. Hoy calan hondo los millones de desempleados, además del doloroso discurrir de otros tantos hacia una suerte incierta en el desgastado sueño americano.

También azota la conciencia colectiva el narcotráfico y la inseguridad que se ha dejado sentir en los últimos años, situación que hace pagar al resto el peaje de una mala imagen lejos de sus fronteras.

Pero no todo es color negro en este país multicolor. Su joven historia está salpicada de grandes momentos, como la llamada “Epoca de Oro del Cine Nacional”. De allí brotaron lo mismo cantores rancheros y héroes justicieros, que curvilíneas rumberas, divertidos comediantes y hasta desenfrenados rocanroleros.

Fue la época de Pedro Infante, de Fernando Soler, de María Félix, de Dolores del Río, Cantinflas, Enrique Guzmán, Tin Tan, Pedro Vargas y de un caudal interminable de histriones y cantores de todos colores y sabores.

También brillaron las letras. Nacieron allí Amado Nervo, Rosario Castellanos, Octavio Paz, Juan José Arreola, Jaime Sabines, Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, gente que le dio lustre a una nación sedienta de reconocimiento. No se quedan atrás los diestros del pincel, grandes genios como David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo y los inolvidables Frida Kahlo y Diego Rivera, aquel matrimonio rebelde y disparatado que era una copia fiel del alma de México que se revolvía por sacudirse de encima el status quo.

Los hubo deportistas que siguen enorgulleciendo al proletariado más que a otras clases, como el “Ratón” Macías, el “Tibio” Muñoz, el “Sargento” Pedraza y Julio César Chávez. Todos gente del pueblo y para el pueblo. De entre ellos hay uno que ocupa un lugar especial, un híbrido entre el deporte y el espectáculo que se convirtió en un ícono del nacionalismo puro y que cruzó fronteras, Santo “El Enmascarado de Plata”.

Faltan los otros, los de hoy. Gente como el magnate de las comunicaciones Carlos Slim. Se dice fácil, pero este mexicano es en la actualidad el hombre más rico del mundo. Ni Bill Gates tiene tanto dinero.

También están Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón o Gael García Bernal, una pequeña muestra de personajes que le han dado nuevo brillo al cine nacional. En los deportes Rafael Márquez y el “Chicharito” Hernández generan titulares que dejan en alto el nombre patrio. Y la lista sigue.

En otros rubros también hay de qué presumir. El décimo mayor exportador del mundo —socio principal de EEUU— y uno de los líderes en extracción de petróleo, México es también el rey de la maquila y cuenta con productos con sello propio como el tequila y el picante, marcas distintivas de un país con una de las personalidades más arrolladoras del globo. De eso se han valido empresas como Corona —una de las cervezas de mayor venta en el mundo— Bimbo o Cuervo para estar en una multitud de mercados.  

Y eso, a grandes rasgos y dejando mucho por el camino por falta de espacio, son doscientos siete años de un país emergente que ha tenido que librar duras batallas: invasiones extranjeras, una revolución intestina que la dejó hecha trizas, terribles crisis económicas, desastres naturales y narcotráfico.

Así es el México actual, uno que se sacude los problemas cotidianos cuando de festejos se trata. Y no hay festejo más grande y más igualitario que el de las fiestas patrias. Allí, en las plazas, en las calles, en los hogares y allende las fronteras todos son uno y al grito de ¡Viva la Independencia de México!, la noche del 15 de septiembre y bien entrada la madrugada se convierte en un crisol de color, de música, de fuegos artificiales, de jolgorio, de pozole y de toda suerte de antojitos.

Pero pasada la fiesta, el ejército de valientes que forman al pueblo mexicano se reagrupa para seguir en la lucha del día a día con la esperanza de un futuro promisorio. EC

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