Todo comenzó con un grito de libertad para quitarse de encima más de 300 años de coloniaje español. Era la madrugada del 16 de septiembre de 1810 cuando el cura Don Miguel Hidalgo y Costilla arengó a las masas desde su parroquia en el pueblo de Dolores Hidalgo, Guanajuato, para que tomaran las armas y lucharan por su independencia del dominio español y más que nada, contra la desigualdad que se vivía entre las clases gobernantes y el pueblo llano.

El movimiento insurgente tuvo de su lado a personajes como Juan Aldama, Ignacio Allende y los Corregidores de Querétaro, Miguel y Josefa Ortiz de Domínguez, nombres que cada año, durante la celebración del 16 de septiembre son vitoreados a todo pulmón.

Allí se gestó el nacimiento de México como país libre y soberano y se enterraba para siempre el Virreinato de la Nueva España, como era hasta entonces conocida la nación.

Pero la libertad tuvo un precio muy alto. Sólo luego de más de diez años de luchas entre realistas e insurgentes se llegó a firmar el Acta de Independencia de México, aunque su gobierno tomó forma de un imperio con Agustín de Iturbide nombrado Primer Emperador de México.

Tras varios años de guerras internas que dejaron a la nación desprotegida, México sufrió la invasión extranjera en dos ocasiones, primero la estadounidense en 1846 –retirándose luego tras llevarse consigo una buena parte del territorio del norte tras firmar el Tratado de Guadalupe-Hidalgo–, y luego la francesa en 1862 a causa de la deuda externa, un lastre que sigue causando estragos incluso hoy día.

Siglo XX: “Y nos arrastró la bola”
La influencia francesa permaneció durante mucho tiempo por esas tierras, una muestra de ello fue la época conocida como Porfiriato, una dictadura que tuvo como presidente a Porfirio Díaz desde 1877 hasta 1911, y cuyo modelo de gobierno favoreció la concentración de tierras en manos de terratenientes, siendo los campesinos los encargados de trabajarlas ‘por las buenas o por las malas’, creando con ello una división profunda entre unos y otros.

Pero también se notaba la urgente necesidad de desvincularse de la influencia norteamericana y de establecer límites fronterizos entre un país y otro. Así arrancó un nuevo siglo, con el surgimiento del ‘México bronco’.

Hubo muchos avances durante el Porfiriato, como las puertas abiertas para la inversión extranjera que hizo prosperar principalmente a la ciudad capital, pero las utilidades fueron mal repartidas y los desposeídos comenzaron a sublevarse por todos los rincones del país.

Francisco I. Madero llamó a las armas y su llamado hizo eco en caudillos como Alvaro obregón, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Emiliano Zapata. Y comenzó la revolución al grito de ¡Tierra y Libertad!, otra cruenta lucha interna que convulsionó a todo el país pero que al final sirvió para que se promulgara la actual Constitución que rige actualmente a México.

La modernidad
Por fin las instituciones se establecieron y con ello nacieron los partidos políticos, todavía entre zafarranchos y disputas por el poder que dejaron al país hundido económicamente. La forma de gobierno empezó a tomar su forma definitiva, pero fue hasta la elección de Lázaro Cárdenas como presidente cuando la balanza pudo nivelarse un poco hacia el lado de los más pobres. Cárdenas también quitó de manos extranjeras industrias nacionales como la petrolera y la de ferrocarriles, hechos que forman parte de la historia del México moderno.

Sin los ‘plomazos’ de los revolucionarios tronando a diestra y siniestra, la rueda del tiempo siguió girando. Los tiempos modernos se podían ver y sentir en los alrededores. La cultura tuvo un renacimiento en este periodo, donde surgió la llamada “Epoca de Oro del Cine Nacional”. De allí surgieron incontables películas de todo los géneros que todavía hoy las siguen disfrutando las nuevas generaciones, y que sirvieron de semillero a tantísimas figuras que lo mismo acababan con bandidos montados en su “cuaco”, que conquistaban a la rica de la película o combatían contra invasores del espacio y seres de ultratumba.

Años más tarde el país fue nota internacional al ser sede de los Juegos Olímpicos de 1968, acontecimiento empañado por la “Matanza de Tlatelolco”, una página negra de la historia de México. Dos años más tarde, Brasil se coronaba campeón de fútbol bajo el canto del “Celito Lindo” y con Pelé paseado en hombros.

Castigados por una dolorosa devaluación, los mexicanos aguantan a duras penas la llegada del Siglo XXI, el cual significó un parteaguas del México contemporáneo con la derrota del PRI, partido que estuvo en el poder durante 71 años. Vicente Fox y el PAN habían logrado lo inimaginable.

Actualmente, otro dirigente del PAN, Felipe Calderón Hinojosa, enfrenta sus propios demonios. La violencia en el país se ha disparado a niveles insostenibles con el narcotráfico como principal protagonista; el desempleo no cede y la desigualdad social parece no haber cambiado ni un ápice.

Pero esto no acaba con la esperanza de un pueblo guerrero que sigue luchando a brazo partido por la libertad, la paz y la estabilidad. A 200 años de su independencia y a 100 de la revolución, México ya se lo merece.

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