No se parecen mucho las calles del Este de Los Angeles a las de cualquier otra ciudad del otro lado de la frontera, pero se habla mexicano por los cuatro costados. Es, al fin y al cabo, hogar para miles de mexicanos y sus descendientes, que según el censo han pasado a ser catalogados de hispanos aunque a todos los efectos sean de sangre mexicana y consumidores de tacos, los Tigres del Norte y Negras modelo.

Pero sí hay esquinas con el olor inconfundible mexicano, con dos o tres compatriotas sentados charlando de todos los temas imaginables. El del Bicentenario no está incluido en el menú, pero basta con mencionarlo para que se suelten las lenguas. “La verdad es que la cosa está mal a ambos lados de la frontera. Allí matan gente todos los días y aquí la economía está tan mal que cuesta encontrar trabajo”, dice Antonio Márquez, oriundo de Tamaulipas pero vecino de Boyle Heights desde hace 28 años. “Ya soy más de aquí que de allá”.

Los 200 años de existencia del país vecino, el que les vio nacer, también es motivo de reflexión para Margarita Ortiz, que lleva un rato parada en la calle hablando con una amiga. Dice que el barrio ha mejorado en lo que a pandillas se refiere, pero que hay muchas cosas que le gustaría cambiar, como el desempleo y el poco movimiento en los comercios.

Razón no le falta, porque a esa hora de la mañana, como a las 11, solo se ve a los retirados en las esquinas y poca actividad en una avenida, la César Chávez, acostumbrada a un gran volumen de clientes. “La crisis se nota”.

Unas calles más abajo, en la Plaza de los Mariachis, el movimiento es más escaso todavía, pero Carlos de Mangano confirma que con la cercanía de “El Grito” las cosas se irán  calentando. “Más tarde  empiezan a llegar mariachis vestidos y con ganas de que los contraten”, dice. El que ya va equipado con todo lo necesario es Carlos de Anda, con sombrero blanco, botas y acordeón en ristre, dispuesto a buscarse la vida un día más. Trabajó en fábricas hace años pero la crisis le jugó una mala pasada y ahora anda rebuscándosela.

De México dice que ya solo le queda el recuerdo. “Me vine hace 30 años y no he vuelto”, confiesa, aunque no niega que su vida es mexicana en un barrio donde tiene todo lo que necesita para no echar de menos. “Aquí me siento como en casa, pero tuve una mala experiencia en mi país y nunca quise volver”.

Se siente como en casa porque en su barrio el 98.73 por ciento es hispano, de acuerdo al último censo del año 2000, y de esos, otra gran mayoría es mexicano.

 De Anda dice que no sabe mucho de las celebraciones del Bicentenario en un barrio donde sí habrá fiestas y pachangas por doquier, pero donde todavía no se siente la cercanía de un grito especial, el de los 200 años de Historia de una nación expandida más allá de sus fronteras, con territorios como el Este de Los Angeles.

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