Ninguna fuerza ejerce más poder en la forma que las jóvenes aprecian su cuerpo y su relación con los alimentos, que el ejemplo dado por sus propias madres. Por eso debe tener cuidado con los mensajes que pueden ser contraproducentes, incluso cuando se tienen las mejores intenciones. Aquí le presentamos cuatro:

1. Elogios. Usted puede hacer o decir cosas que pueden enviarle un mensaje contraproducente a su hija. El énfasis en la apariencia física, incluso cuando se trata de un elogio, puede producir un efecto contrario en múltiples formas. Por ejemplo, alabar a una hija que ha perdido peso podría entenderse como que la joven no era atractiva anteriormente. Los elogios excesivos de la apariencia física pueden incentivar la idea de que las cualidades exteriores son más importantes que las interiores, independientemente de lo que cueste mantenerlas.

2. Alimentos como premio y castigo. Independientemente de que numerosos expertos han insistido en sus consecuencias negativas, con frecuencia los padres –especialmente las madres– usan los alimentos como premio o castigo. Los niños aprenden que ciertos alimentos pertenecen a categorías especiales como “buenos” y “malos”. Esta forma de pensar prepara las condiciones para restringir, comer a escondidas, comer como forma de rebeldía o consuelo, o consumir cantidades exageradas de los “alimentos malos” prohibidos. Una especialista comenta que: “No hay alimentos malos, sino malos hábitos de alimentación”.

3. Alimentos como sinónimo de cariño. Los seres humanos aprenden una amplia gama de formas de asociar los alimentos con el hecho de ser nutrido, cuidado y querido. Los alimentos, al inicio de la relación madre-hija, están conectados con el cariño, pues ser alimentada equivale a ser amada. Una jovencita puede usar los alimentos como forma de obtener cariño si siente, consciente o inconscientemente, que no puede obtenerlo en otra parte. Donde existe un vacío de algo, los alimentos pueden enmascararlo y actuar como sustitutos, al menos temporalmente.

4. Esconder los sentimientos. A menudo, las personas esconden sus sentimientos consumiendo alimentos. Un experto señala que quienes usan de esta forma los alimentos experimentan un efecto adormecedor. Dejar de comer es también una forma de evitar determinados sentimientos, o demostrar de alguna manera que “No siento ni necesito nada”. Para curar a las personas que recurren a los alimentos de esa forma, en clínicas especializadas en trastornos alimenticios se les enseña a los pacientes que los sentimientos son aceptables, y que es su conducta lo que deben aprender a supervisar y controlar.


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