Ha dejado huella en las montañas que lleva años escalando, grabada en los testimonios de aquellos visitantes a los que ha guiado por los parajes de la Sierra Nevada, en el centro de California. Se llama Annie Trujillo y nació para y por el montañismo, una mujer con una vocación definida que se gana la vida inspirando a la gente con su dedicación y amor por la naturaleza.

Empezó a recorrer la sierra cuando era una niña de la mano de su madre y hoy se maneja como pez en el agua en lo que define como “un mundo de hombres”. Quizá fuera porque su mejor amiga de toda la vida era una escaladora. “A través de ella me di cuenta de que podía enseñar a otras mujeres a escalar”, dice esta mujer de mediana edad y escasa estatura.

Así descubrió su pasión, una profesión poco habitual pero muy gratificante que ejerce como guía de Sierra Mountain Guides, una empresa de dos expertos como Neil Satterfield y Howie Schwartz en la que también trabaja Jed Porter, el marido de Annie.

“Siempre he tenido gente alrededor que estaba interesada en la industria, y nunca perdí amigos porque pensaban que estaba loca o era distinta”, explica Trujillo. “Pero sí es un mundo un poco intimidante para mujeres porque puede ser sucio, tienes que cargar con bultos pesados y si te has hecho una pedicura, se te va a estropear en unas horas”, bromea.  

Sin embargo, aclara que es una chica con su toque femenino. “Creo que con mi 1.60 cm de estatura y mis 55 kilos de peso es difícil que me consideren muy masculina”, apunta con ironía.

Su pequeña humanidad ya ha estado en grandes excursiones en Groenlandia, Alaska, Argentina o Chile. “De todos los viajes, Groenlandia fue el más peligroso, por el mal clima y las 18 horas seguidas de escalada sin poder parar debido a las condiciones.

Después, en casa se dedica a recibir grupos de turistas y excursionistas cada semana, la mayoría de Los Angeles, gente con ganas de desconectarse de la gran ciudad y perderse en la naturaleza. Trujillo cuenta que a la mayoría “le encanta la experiencia y es muy raro que digan que no lo vuelven a hacer. Si lo dicen es por puro agotamiento físico”.
 
Y de vez en cuando aparece gente como Elizabeth de la Torre, una joven de 14 años que en una excursión en agosto le pidió que fuera su guía en una escalada a los siete picos más altos del mundo. “Nunca he tenido esas cimas como mis metas principales, pero su propuesta me dejó pensando. Ahora creo que no me lo pensaría. Ha supuesto una motivación extra para mí”.

Es por ello que nunca se cansa de la naturaleza ni de hacer lo que hace. Tiene tiempo de sobra para meditar, vaciar la mente en la naturaleza y acordarse de sus antepasados hispanos, de origen mexicano aunque ella rara vez se etiqueta como hispana. Es una experiencia liberadora y algo que mucha más gente debería hacer de vez en cuando”.

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