Luis Marengo es arquitecto, diseñador de planos para casas nuevas y otras no tan nuevas que necesitan una modificación. Desde su acogedora oficina, decorada con posters de John Lennon y una mesa antigua de dibujo que no quiere tirar por razones sentimentales, trata con contratistas, inversionistas y funcionarios, “en uno de los ramos más golpeados por la crisis económica”.

“Antes, cuando ibas a tramitar un permiso a la ciudad de Los Angeles sabía yo que tenía que llegar a las 7 de la mañana para salir a la 1, por lo menos. Ahora sé que llego y lo soluciono en 45 minutos. No hay trabajo”, confiesa.
Pese a todo, a Marengo le siguen llegando proyectos, que ahora pasan por su computadora y no por la vieja mesa de dibujo. “En total este año he trabajado en unos 50 proyectos, nada que ver con los 250 proyectos de un buen año en la época del boom inmobiliario”.

Entonces tenía a una persona que atendía el teléfono y otro que le hacía los trámites en las oficinas gubernamentales. “Ahora me toca a mí, solo, aunque no me quejo. Tengo el tiempo para mi familia y trabajo a mi ritmo. Llevo 22 años siendo mi propio jefe, lo que no está mal”.   

Pero sigue siendo un negocio lucrativo. Por un proyecto de unos 400 pies cuadrados de ampliación de una casa, dos habitaciones y un baño, por ejemplo, puede cobrar unos 3,000 dólares por su trabajo. Hace el dibujo, toma medidas y después consigue los permisos necesarios para que el proyecto se pueda llevar a cabo como manda la ley. “Además les hago un servicio de referencia para que alguien les haga la obra”.

Y después se olvida, pensando en el siguiente plano, a hacer caja. Quizá por eso, pese a la crisis, considera su negocio uno de éxito. “No me puedo quejar en absoluto”, dice. También asegura que no es de los caros, quizá por aquello de que está en un barrio hispano de clase trabajadora, aunque reconoce que a lo largo de los años “ha ganado bien”.

Por su cuenta comenzó en 1987, “mismo teléfono, misma oficina. Toda la vida he hecho esto”, dice mientras explica que estudió arquitectura en la Universidad de Guanajuato. Se vino para Estados Unidos porque no había oportunidades en su México natal. “Me duele decirlo, pero así es”, reconoce.  

Y si todo sale bien, se retirará en un par de años para dejar atrás miles de planos y dibujos, casas nuevas con su firma y sueños de miles de personas. Sí parece una historia de éxito.

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