Jorge Drexler impuso su ley en los Latin Grammy a base de versos y armonía, en medio del debate sobre qué viene después del reggeatón y el urbano

A punta de versos se ha abierto paso, deteniendo por una vez el implacable avance de las fuerzas urbanas y reggaetoneras. Partía con desventaja en el pelotón de favoritos en los Latin Grammy, a una distancia prudencial de las ocho nominaciones del colombiano J. Balvin y las cinco de la española Rosalía, el nuevo fenómeno de la música latina, pero Jorge Drexler fue el último en consumar el grito de euforia por lo logrado. Su triunfo —tres gramófonos dorados en total, incluyendo el de grabación del año por Telefonía— bien vale una misa. Reconoce y abre aún más las puertas a la música de raíz, al talento orgánico, el relevo quizá tras años de dominio del rap en español y el perreo en toda sus variantes.

El éxito del uruguayo de Montevideo, aunque inesperado, no es fruto de casualidad alguna. Detrás de la melodía y la armonía que le caracterizan hay mucho trabajo. Drexler es un estudioso del género, del idioma, de la fusión de culturas. Y a partir de ahí, su idea es conectar y propagar, explotar los archivos inagotables de su América Latina natal.

Nada de lo que dice Drexler es irrelevante. Lo suyo es una cascada de ideas sencillas que constituyen un complejo entramado. Y ahora que ha ganado a lo grande, brillando con fuerza desde una de las grandes plataformas de la música latina, conviene escuchar y que su discurso no caiga en saco roto.

“Tenemos un tesoro. No usarlo es un desperdicio”, analiza al calor de los premios, en una sala contigua al escenario al MGM Garden Garden Arena de Las Vegas. “Vayamos a la biblioteca, viajemos, conozcamos el continente. La canción me ha dado muchos regalos, pero el más grande es el iberoamericano, el sentirme en casa de Temuco, Chile, y en Badajoz, el comunicarme en portugués, en español”.

Drexler habla desde la inclusión, instalado en las antípodas del conflicto. Esa aparente lucha de clases musicales, entre el cantautor y el reggaetón y lo urbano, no parecen ir con él. “Yo no tengo enemigos en el mundo de la música. Mis enemigos son los intolerantes, los fabricantes de minas antipersonas”, afirma antes de tirar de su clásica retahíla de buena energía. “Qué viva el reggaetón, la cumbia, Pessoa, Borges, Carmen Miranda… disfrutemos de lo que tenemos. Recién empezamos a darnos cuenta. Latinoamérica tiene un futuro muy prometedor”.

¿El reggaetón, de verdad? “Pero claro. Ese patron rítmico no es nuestro, ni de J. Balvin, ni de Maluma, es un ritmo de Africa, del norte, y es maravilloso. Si no nos gusta algún tipo de canción, escribamos mejores canciones, pero no le echemos la culpa a los géneros. Abramos las brazos, que el mundo ya está bastante dividido como está”.

Filosofa a chorros, con una soltura anonadante. Siempre desde la humildad y la sorpresa, aclara. No deja de serlo en un mundo marcado por la música comercial. Que un cantautor haya irrumpido tan descaradamente en la fiesta de otra clase de géneros, es una anomalía. “Es una sorpresa muy grande porque este es el disco más artesanal y experimental que he hecho”, dice. “Se hizo todo con guitarra. Es un homenaje fractal a la guitarra, a la búsqueda del infinito en un solo instrumento. ¡Y yo nunca había tenido cinco Grammys! Siempre pienso que se han equivocado, que se van a dar cuenta y que me van a despertar. Los secretos de la industria son indescifrables, son como los designios del Señor”.

Lo percibe, en cualquier caso, como un asunto fortuito. “Los premios son enormemente subjetivos. La raza humana es una especie subjetiva. Hagamos música por razones verdaderamente válidas”.

Razones que le llevaron a dejar su Montevideo natal para explorar los mundos ibéricos, donde ahora vive. Joaquín Sabina lo “descubrió” en Uruguay y le sugirió que se fuera a España a exhibir su talento. “Cuando Sabina me dijo que escribiera en décimas yo no tenía ni idea, estudié medicina, no tengo formación literaria, pero me fui a estudiar, a meterme en mis libros”.

Su padre siempre quiso que fuera médico, el primogénito de una familia dedicada a la medicina. La música le sedujo más. “A mi padre le fallé como médico, pero no le fallé en intentar ser feliz, en intentar perseguir el sueño que tenía. Uno nunca sabe cuál es el sueño que le toca hasta que lo toca, literalmente”.

Emigró para conseguirlo, y siempre lo tiene presente. Movimiento, una de las canciones de su último disco, Salvavidas de hielo, es un homenaje a esas ambiciones. “Yo soy emigrante. Me fui de Uruguay persiguiendo un sueño, vivir en España. Mi hijo es un inmigrante. Mi padre es un inmigrante… ¿Quién no es inmigrante? Todos somos parte de un todo…. No es que haya solo una caravana cruzando desesperada hacia Estados Unidos. Nuestra especie no hace otra que migrar para tener un futuro mejor. Nunca es un acto banal ni ligero. Pensemos que la historia es circular, que quienes hoy piden asilo mañana pueden ser los que lo den. Más vale que lo aprendamos más temprano que tarde”. Palabra de Drexler. EC

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