Ahora, después de haber batido un récord pagando más de 33 millones por el “Retrato de medio cuerpo de un hombre con los brazos en jarras” del maestro de la escuela flamenca, Wynn parece haber decidido encerrarse en su concha y no volver a hablar de las pujas que haga de ahora en adelante.

De hecho, ni siquiera ha confirmado que ésta última haya sido obra suya, aunque fuentes cercanas a la casa de subastas Christie’s aseguran que la compra fue orden directa del millonario, dueño de los dos casinos más elegantes de Las Vegas —entre otros—, el Wynn y el nuevo Encore, dos beldades en medio del mal gusto que impera en el ‘strip’ de la ciudad del pecado.

Su imponente cuenta bancaria le ha ayudado a construir una de las mejores colecciones privadas de Estados Unidos, con obras de Vermeer, Cézanne, Turner, Rubens, Warhol, Picasso, Van Gogh o su amigo Gauguin. Está expuesta en el Wynn, después de haber estado colgada por un tiempo en otra de sus propiedades, el famoso Bellagio, y en el Museo de Arte de Nevada, en Reno.

La joya de la corona es “Le Reve” (El sueño), un retrato que Pablo Picasso le hizo a una de sus amantes francesas, pintado en 1932, y por el que el empresario de la dentadura inmaculada pagó casi 50 millones de dólares en 1997. Después, por motivos que nunca se dieron a conocer, lo quiso vender a otro coleccionista multimillonario por 139 millones de dólares, en lo que hubiera sido la cantidad más alta pagada jamás por una obra de arte.

Finalmente la venta no se pudo cerrar después de que su dueño, durante una visita privada organizada para periodistas y amigos como Bárbara Walters o Nora Ephron, le clavara el codo al lienzo y obligase a los restauradores a intervenir para reparar el daño.

El Picasso se salvó y su colección siguió creciendo al mismo ritmo que sus propiedades de gran categoría, aunque la crisis económica le ha golpeado con dureza. Su fortuna pasó de rozar los 4,000 millones de dólares a situarse casi en la mitad, con las acciones de Wynn en la bolsa de Nueva York pasando de los 164 dólares por título en octubre de 2007 a los anémicos 15 dólares que alcanzó en marzo de 2009.

Pese a todo, el hombre que cambió la escena de Las Vegas con su idea de lujo y sofisticación, espera inaugurar otro lujoso casino en Macau a principios de año, haciendo gala de su increíble ojo para los negocios. Ya lo demostró en 1989, cuando inauguró el Mirage en medio de otra crisis financiera de envergadura.

Muchos atribuyen su éxito a su particular manera de hacer las cosas. El empresario mandó diseñar cada cosa que hay en sus hoteles más recientes, desde las sillas hasta el color de las paredes. Y cuando le dijeron que no podía instalar unos candelabros sobre las mesas de juego porque bloqueaba la visión de las cámaras de seguridad, encontró la forma para meter las cámaras dentro de las lámparas.

Además, en sus hoteles se pueden encontrar tiburones, tigres y tiendas exclusivas que solo se encuentran en esa parte del mundo. Dentro del Wynn, inaugurado en 2005 tras una inversión de 2.700 millones de dólares, hay un concesionario de Ferrari y otro Maserati, que vende de media unos 70 coches al año.

Pero su principal orgullo sigue siendo su colección de arte. Sólo para la inauguración de su galería en el Wynn hace casi cuatro años, se hizo con un Vermeer por el que pagó 30 millones de dólares, y hace unas semanas adquirió un Turner por otros 36 millones de dólares.

Su único problema es la ciudad donde ha tratado de exponer su obra, un lugar donde el arte no encaja en absoluto. Después de varios meses de cobrar la entrada en la galería, se dio cuenta de que 12.000 visitantes al año era un pírrica cifra en una urbe que recibe 20 millones de turistas al año.

“Creo que nos equivocamos. Pensé que recibiríamos más apoyo de la clase media pero no fue así. La realidad es que nadie en Las Vegas está realmente interesado en la cultura cosmopolita”, dijo Wynn en una entrevista reciente.

Ahora, en su lugar hay una tienda Rolex que el año pasado facturó 16 millones de dólares, mientras sus lujosas obras de arte brillan como diamantes desperdigados por todo el hotel, responsables de mantener el glamour y la clase que siempre obsesionó al magnate de los casinos.

Pese al desinterés de las masas que le han hecho millonario, Wynn, de 67 años, sigue disfrutando de los recorridos por su propiedad, apoyado siempre en Elaine, su mujer, y no por exceso de cariño sino por una enfermedad en la vista que le está dejando ciego.  Los Picassos y los Monet alumbran su camino.

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