La llamada que recibió el escritor arequipeño –avecindado en Nueva York– la madrugada del 7 de octubre se convirtió minutos más tarde en una noticia que le dio la vuelta al mundo. Al auricular estaba el secretario general de la Academia Sueca quien le dijo que había ganado el Nóbel de Literatura. “Pensé que era una broma”, dijo Vargas Llosa durante una rueda de prensa posterior, añadiendo que decidió esperar a que se hiciera oficial el anuncio del nombramiento.

Entonces la oscuridad que precede al alba en la Gran Manzana se fue disipando y todo se esclareció, llegando con ello las felicitaciones de todas partes del mundo. Intelectuales, políticos, artistas, primeros mandatarios, todos tuvieron palabras de contento tras el nombramiento de este férreo defensor del pensamiento liberal, enemigo acérrimo de las dictaduras y sobre todo, un valiente cuya arma más poderosa es la pluma.

Con 74 años de edad, el naturalizado español se convirtió en el décimo primer escritor de habla hispana en ganar este galardón, con lo que entró en la élite literaria junto a monstruos como Don Jacinto Benavente, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez y Miguel Angel Asturias, entre otros.

La fuerza narrativa de Jorge Mario Pedro Vargas Llosa lo ha acompañado desde sus primeros escarceos con la escritura, cuando en los años 60 publicó “La ciudad y los perros”, “La casa verde” y una que está considerada pieza maestra de la literatura universal, la novela “Conversación en la Catedral”.

A través de los años, el peruano ha abarcado todos los géneros literarios en sus obras, a excepción de la poesía. Su energía y gran saber le han sobrado para destacar como periodista, analista político y hasta como cineasta (basta recordar la galardonada cinta “Pantaleón y las visitadoras”) inspirada en una de sus novelas.

Su oposición a rajatabla con todo lo que oliera a dictadura de cualquier vertiente lo motivó a distanciarse de la Revolución cubana en 1971, y a causar resquemor en México cuando en un debate en el que estaba otro Premio Nóbel, el mexicano Octavio Paz, declaró sin pelos en la lengua que México era la dictadura perfecta, en clara referencia a las seis décadas del gobierno priísta en aquella nación.

Cómo olvidar también aquel célebre derechazo que le propinó a su antes amigo Gabriel García Márquez, durante un encuentro en la ciudad de México en 1976. Hasta hoy, la distancia que los separa sigue latente y el golpe… seguro ninguno de los dos lo ha olvidado.

Mario tuvo tiempo de aventurarse en la política, cuando en 1990 se postulara para la presidencia de Perú. La abrumadora derrota en las urnas ante Alberto Fujimori fue letal. Tres años después dejó la patria para radicar en España, lugar que le dio cobijo y una nueva identidad.

Pasado el trago amargo como presidenciable, revivió el escritor ¡y de qué manera! Una de sus obras posteriores, “La cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”, le valió para que la Academia Sueca le hiciera justicia y se reivindicara así misma con las letras hispánicas, luego de veinte años de sequía.

Ahora vendrán más reconocimientos, felicitaciones, invitaciones, proyectos y todo lo que trae consigo un Nóbel. Mientras, lo mejor es disfrutar el momento y no hacerle el feo al jugoso premio de 1.5 millones de dólares que gustoso recibirá en la ceremonia del 10 de diciembre, en Estocolmo, Suecia.

El premio servirá para otra cosa: darle promoción a la nueva novela que el escritor publicará el próximo 3 de noviembre, “El sueño del celta”, donde carga con la consigna de siempre: demeritar cualquier régimen totalitario.

Así es el “Sartrecillo valiente” –como alguna vez fue llamado por la influencia que tuvo en él la escritura del francés Jean-Paul Sartre–, un volcán que quema por donde pasa, pero que le ha dado realce a la literatura hispanoamericana durante lustros.

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