Pepe Penales. Los Angeles | 3 de agosto de 2012

Le dicen el “Tiburón de Baltimore”. También podría llevar el mote de Acuamán, Neptuno o Tritón. Perfecto para este largirucho nadador que acaba de hacer historia tras hacer pedazos el récord de medallas olímpicas ganadas. Tenía veintiuna hasta el viernes. Ya dejó atrás a la legendaria gimnasta ucraniana Larisa Latynina, que se quedó con 18.

El legado de Phelps comenzó en la cuna de los Juegos Olímpicos. En Atenas 2004 el mundo fue testigo de un portento en el agua. El chico que comenzó a imponer marcas desde los 10 años de edad consiguió ocho medallas, seis doradas y dos de bronce. En Pekín fue el clímax total: ocho competencias con igual número de preseas doradas. Allí superó a otro superdotado, su compatriota Mark Spitz, que había ganado siete oros en Munich 72.

El regreso a los podios se le dio bien a este hombre de carácter sencillo y risa fácil que se había visto envuelto en algunos problemas de imagen después de los Olímpicos del 2008. Pero luego de un comienzo lento en Londres, las aletas se le calentaron y nadie lo pudo parar después. Ni Ryan Lochte pudo opacar el brillo de Phelps.

Con 27 años cumplidos, Michael anunció que después de Londres se retira. “Será más emotivo cuando termine mi última carrera que la que siento en este momento”, dijo el campeón en una entrevista con el diario USA Today después de haber ganado su tercera medalla dorada.

No ha defraudado. Londres podrá significar un retiro dignísimo. Los frutos hasta el viernes eran de tres medallas de oro y dos de plata. Se le vio feliz dentro y fuera de la alberca. El apoyo a sus compañeros de equipo le añaden nobleza a su grandeza. El mundo se puede dar por satisfecho por haber visto a Phelps en el agua nadando de pecho, de dorso, de mariposa y de estilo libre.

Vendrán otros a ocupar los reflectores. Llegó el turno del cohete Usain Bolt. Otro rompedor de marcas. Phelps entonces permanecerá en el recuerdo y la pupila de los que pudieron verlo en acción en vivo o por televisión. Pero ahí quedará su marca indeleble. Una leyenda que se forjó en el agua y culminó con un lugar en el Olimpo. EC

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