Al final, los celestes no se pudieron quitar el doloroso estigma de ser el mejor segundo lugar de todos los tiempos. Con este tropiezo están a punto de ser 13 años sin saborear las mieles del triunfo; de tener el dulce sabor en le punta de la lengua para, de último momento, dejárselo arrebatar sin terminar de saber a qué sabe la victoria.

Muchos siguen hablando de la “maldición azul”; de que el equipo tiene miedo a ganar y de que son sus propios fantasmas de fracasos anteriores los que no le permiten llegar más alto. Sea lo que sea, lo cierto es que de nueve finales jugadas desde 1981-82 solamente ha podido triunfar en una de ellas.

Lo que se pudo apreciar en los dos partidos de esta final, es que a los azules les faltó saber manejar los partidos y tener hambre de triunfo. El título lo perdieron en Monterrey, ya que dejaron vivo a un rival al que deberían haber liquidado sin contemplaciones de ningún tipo. Un duelo de final es como una guerra; si dejas al enemigo con un hálito de vida, éste podría resurgir incluso más fuerte y dejarte con un palmo de narices. Y así fue.

Después de que La Máquina tenía a los Regios abajo en la pizarra por 3-1, en el segundo tiempo se agazapó y esperó la reacción del contrario. Grave error, ya que minutos después llegó el tanto con el que los norteños resurgían de las cenizas, esto mientras los visitantes eran un manojo de nervios y con miedo a poner la pierna fuerte. Incluso el hasta entonces segurísimo José de Jesús Corona se notaba errático en sus salidas y ponía a temblar a su equipo en cada llegada de los locales. Allí fue donde perdieron el título. Los Rayados hicieron lo suyo, se envalentonaron y terminaron por arrollar a un rival que ya ni las manos metía. Así se juega una final, con alma, vida y corazón.

Ya con la ventaja en la ida, en la vuelta los pupilos del “Midas” Vucetich hicieron lo que mejor saben: esperar ordenados en defensa y lanzar feroces contraataques. Pero contrario a lo que pudiera pensarse Monterrey no fue ultradefensivo, tuvo oportunidad de ir al frente y cada vez que se acercaba al área azul se podía olfatear el peligro de gol.

Vale la pena destacar la contundencia de los hombres de ataque del cuadro regiomontano. Aldo De Nigris, inspirado por el recuerdo de su hermano fallecido, jugó una liguilla con el corazón en la mano. Y qué me dice del “Chupete” Suazo, un implacable delantero que es letal en el área y que no da por perdida ninguna oportunidad. Estos dos, apuntalados con las llegadas de Luis Pérez, Severo Meza y Osvaldito Martínez, fueron una auténtica pesadilla para los capitalinos.

El cuadro azul fue más de lo mismo, mucho toque pero sin profundidad. Les falta alguien que sepa manejar los tiempos en la media cancha y que aporte más llegada vertical al área enemiga. Tal vez consigan a ese elemento para la otra temporada si la directiva consigue contratar al “Chaco” Jiménez; mientras, a lamerse las heridas, hacer un recuento de los daños y ver hacia el frente… otra vez.

En cuanto a los nuevos monarcas, le acaban de adelantar su regalo navideño a una de las mejores aficiones del fútbol mexicano al obtener el tercer título de su historia. Es un campeonato merecidísimo. Nadie les regaló nada y supieron compenetrarse con la filosofía de Víctor Manuel Vucetich, que dicho sea de paso, consiguió su cuarta corona en igual número de finales.

Hay fiesta en la Macroplaza y en todo Monterrey, mientras que en la capital mexicana se presagiaba una amarga Navidad para la afición cementera. Se podría decir que del segundo lugar ni quien se acuerde, pero en esta ocasión no es así. Será otro largo año para recordar que Cruz Azul es el “Subcampeonísimo”.

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