No se pudo. Pese al madrugón, las actuaciones musicales y el canto al unísono, cinco minutos antes del encuentro, de un emocionado himno nacional. La fiesta que se presagiaba no fue tal en Plaza México, centro neurálgico de reunión en Los Angeles de la comunidad mexicana para el Mundial, y los del Tri, empezaron con el pie cambiado su camino hacia la gloria, con un empate, y gracias, ante Sudáfrica, después de ir perdiendo casi toda la segunda mitad.

Muchos se volvieron a casa, o al trabajo —peor todavía— con cara de circunstancias y cálculos mentales reflejados en el rostro. “Ahora va estar duro. Teníamos que ganarle a Sudáfrica para no tenerlo tan complicado contra Francia y Uruguay. Va a estar horrible”, confesaba Raúl Alvárez con toda la franqueza posible y los ojos enrojecidos. 

La poca ambición de los del “Vasco” Aguirre arruinó intenciones y borracheras precoces, que empezaron a fraguarse a eso de las 6.30 de la mañana. En los restaurantes populares del centro comercial en Lynwood, al sur de Los Angeles —una réplica de la arquitectura colonial que impera en el país vecino— las barras no tuvieron pudor con los primeros osados y circularon más Negras Modelo que cafés con leche.

“Nunca es temprano para empezar con la cerveza”, aseguraba Roverto Carrera muy animado, para después aclarar que lo de su nombre no es un error ortográfico, sino un capricho de su padre. “En realidad, yo trabajo por la noche, así que ya enganché con el partido y me vine con unos amigos”.

Carrera se apostó en la barra de La Guelaguetza, donde Freeway Insurance se tomó el restaurante para hacer promoción de su negocio y apuntarse a la fiesta.

Había ganas de pasarlo a lo grande y en esa plaza, junto a las tres pantallas gigantes que se instalaron, se concentraron unas 2.000 almas para gritar a pleno pulmón por su equipo nacional. “Merece la pena levantarse a la cinco de la mañana para ver toda esta energía”, dijo Víctor de León. “Además, no quería quedarme en casa viéndolo solito, o con mi mujer. Ahora me importa más México que mi mujer”, aseguró entre risas.

Víctor esperó a sus amigos minutos antes de las 7 de la mañana y se perdió entre el gentío, entre los gorros mexicanos, los puestos de comida y las varias marcas de teléfonos y seguros de coche que acudieron prestos a la llamada del mercado hispano y su euforia mundialista. Justo a tiempo para el arranque de un partido tan frío como la mañana angelina.

Sí hubo ocasiones y gritos de mujeres en cada córner a favor de los suyos, pero poca cosa más. Ni siquiera las camisetas negras y verdes del combinado nacional se vendieron a buen ritmo, aunque a Raúl Silva, responsable del puesto improvisado, acabó por importarle poco una vez arrancado el choque. “Si gana México, me importa poco la venta de camisetas”, decía concentrado en la pantalla, sin controlar a penas el producto a sus espaldas.

Después llegó el golpazo de Tshabalala a la escuadra, que congeló lo ánimos de todos los presentes y acabó con la “guarapeta” de Roverto de un plumazo. Empezaban a cernirse los presagios de otro fracaso en el Mundial sobre las cabezas de todos los presentes. Sólo la primera imagen del Temo Blanco calentando en la banda despertó aplausos y esperanza, aunque fue la entrada de Andrés Guardado el que le dio la vuelta a la tortilla, con un buen centro que cayó en el pie de Rafa Márquez para empatar el partido.

Por fin rugió la plaza y se justificó el madrugón. Llegaron los abrazos y los gritos del “¡Sí se puede!” legendario para arengar a los futbolistas mexicanos, pero al final la cosa se quedó en agradecimiento a la Virgen de Guadalupe por no perder tras un remate al palo de los africanos. Podía haber sido mucho peor para una fiesta en el corazón hispano de Los Angeles que se quedó sin alma.

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