De la nada apareció el equipo de los Gigantes de san Francisco para coronarse campeones de la Serie Mundial. Compuesto por jugadores desechados de otros planteles y de otros tantos que buscaban una segunda oportunidad, este plantel de desadaptados demostró que con corazón se pueden lograr muchas cosas.

Antes de llegar al Clásico de Otoño dieron cuenta de los campeones defensores Filis de Filadelfia, pero aún así pocos los consideraban favoritos para vencer a los Rangers que, por su parte, se habían desecho de los poderosos Yanquis de Nueva York.

Pero apenas necesitaron encender sus cañones para tomar una tempranera ventaja de 2-0 jugando en casa. A partir de ese momento ya nadie dudó de que se llevarían el título de las grandes ligas.

En la segunda parte de la serie final no aflojaron y demostraron que son igual de buenos en la bahía que en Arlington, casa de los Vigilantes de Texas. Allí nuevamente sacaron a relucir el colmillo largo y retorcido que los había llevado a esas instancias.

En el quinto partido de la serie, un demoledor jonrón productor de tres carreras del colombiano Edgar Rentería sentenció el título a favor de los Gigantes. Al término del partido el barranquillero fue premiado como el MVP de la serie de campeonato.

Pero también hay que echarle porras a la gran labor de pitcheo del cuadro californiano. Este muchacho de larga cabellera llamado Tim Lincecum no dejó títere con cabeza; mientras que para cerrojar resultados no hubo nadie mejor que el barbudo Brian Wilson y su inolvidable señal de la equis con los brazos sobre el pecho.

Así, por primera vez desde que se mudaron de la Gran Manzana, los Gigantes son reyes del béisbol estadounidense, en un país donde se pueden lograr grandes cosas si se tiene el deseo y las herramientas para conseguirlo, y San Francisco es clara muestra de ello.

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