El ex pugilista y ahora promotor de boxeo Oscar de la Hoya, mantiene la guardia en alto en su combate contra el alcoholismo, un rival que lo tuvo al borde del nocaut en varias ocasiones

Pepe Penales. Los Angeles | 23 de septiembre de 2013

La pelea es dura, extensa, desgastante. No se vale bajar la guardia ante un contendiente incisivo, veleidoso, paciente, siempre expectante y que con un solo golpe puede tender al rival sobre la lona y mandarlo al hospital o al cementerio.

En una esquina está el “Niño Dorado”, el múltiple campeón, el medallista de oro olímpico, el multimillonario, nacido en Montebello, California hace cuarenta años: Oscar de la Hoya. Su adversario, el alcohol, causante de varias adversidades en la vida del exitoso promotor de boxeo.

El “Golden Boy” parece haber entendido que este combate es de vida o muerte. Lo sabe desde que decidió enfrentar a este monstruo que le estaba arrebatando pedazo a pedazo lo que tanto trabajo le había costado lograr, una familia, dinero, amigos, paz, felicidad, confianza, amor.

Todo comenzó cuando confesó su adicción a las drogas y al alcohol en el 2011, dos años después de haberse retirado de los encordados. La catarsis fue dolorosa. Recluido en un centro de rehabilitación comenzó el camino a la recuperación. Millie, su esposa, siempre a su lado. Ella fue un aliado poderoso para enfrentar a un rival igual de atractivo, pero mortal como el veneno.

Con una fortuna estimada que llegó a ser de 175 millones de dólares por la revista Forbes, Oscar atiende, como cualquier hijo de vecino, a sus citas con la doble A (Alcohólicos Anónimos). “Sé a donde se llevan a cabo las reuniones y muchas veces soy el primero en llegar”, admite el empresario en una nota publicada en en L.A. Times. Estas visitas se han convertido en otra adicción para De la Hoya y ha dicho que en ocasiones asiste hasta a dos reuniones por día y a la hora de hacer el llamado al frente, su mano se levanta pasando luego al saludo de costumbre: “Mi nombre es Oscar, y soy alcohólico”. “Esta es una batalla que enfrento cada día y no puedo darme por vencido. Si lo hago puede ser fatal”, expresó el famoso promotor boxístico.

Oscar sabe de su compromiso de ayudar a los demás. Está su fundación de ayuda a la comunidad; una unidad de lucha contra el cáncer en el centro médico White Memorial, en honor a su difunta madre Cecilia González de la Hoya; un moderno centro juvenil en el Este de Los Angeles donde las jóvenes promesas encuentran una oportunidad para abrirse camino lejos de las pandillas. A eso le suma su apoyo y el consejo de amigo a otros deportistas que, como él, están atravesando el pantano del alcoholismo.

Hasta el momento Oscar ha sabido capear el temporal. Va ganando por puntos un combate complicado y lleno de golpes bajos. La sobriedad le ha devuelto fuerzas para seguir adelante, un día a la vez, le ha devuelto aprecios, alegrías, confianzas y cariños. Esto le ha permitido concentrarse en sus negocios, en sus peleas y en su vida personalo. Este es el Oscar triunfador, pero más le vale no olvidar que su pelea personal con el alcohol todavía no termina. EC

 

 

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