La selección brasileña traicionó su esencia del “jogo bonito” y se convirtió en un equipo del montón

La caída espantosa de Brasil ante Alemania sigue asombrando al mundo. Nadie en sus cinco sentidos hubiera pronosticado semejante humillación de una escuadra considerada durante muchos años como la mejor, aunque de un tiempo para acá sus bonos habían ido a la baja vertiginosamente.

Hubo un tiempo en que el solo nombre de Brasil hacía temblar a cualquiera. Era el embajador del fútbol mágico, romántico y atrevido. El que tuvo épocas gloriosas como la del Mundial de México 70, cuando ganó el título de forma invicta y enamorando a propios y extraños con varios monstruos en la cancha, como Pelé, Tostao, Jairzinho, Gerson, Rivelino y Clodoaldo. Repitió la ensoñación la selección auriverde que fue a España 82, donde los genios del balón se llamaban Zico, Sócrates, Falcao, Junior, Cerezo y Eder.

Antes de que el fútbol moderno carcomiera el virtuosismo, el desparpajo y la verticalidad de aquellos brasileños, a ellos no les preocupaba defender, sino divertirse con la de gajos y machacar a los porteros rivales con toda suerte de llegadas, de amagos, de disparos y de goles. Pero el sistema de contener en vez de llegar, de estorbar en vez de proponer, de maltratar el balón en vez de mimarlo, terminó por contagiar al gigante. Siguió ganando títulos, pero los trucos debajo de la manga se le estaban agotando.

La mata de los talentos siguió dando frutos. Bebeto, Romario, Rivaldo, Ronaldo, Ze Roberto, Denilson, Leonardo, Ronaldihno y otros malabaristas de la pelota y del juego ofensivo mantuvieron otro rato la sonrisa en el espectador. Pero el recambio no llegó. Estos fueron saliendo y los que llegaban a suplirlos fueron más obreros que artistas. Ya no había juveniles descollantes, el pozo se secó y como solución se recurrió al equilibrio, al coraje, a la fuerza.

Brasil traicionó su esencia y lo pagó carísimo, y lo peor de todo es que no se ve en el horizonte luz sino nubes negras que amenazan con prolongar la tormenta. No, hoy ya no emociona ver a Brasil en la cancha. Se acabó el sueño, y de qué manera. EC

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