St. Matthias ha abierto este año su programa de inmersión dual en español y en inglés en un barrio de mayoría latina

Antes, hablar español para un latino en Estados Unidos era motivo de vergüenza. Pero de eso hace décadas. El español ahora es motivo de orgullo para una inmensa mayoría que lo puede hablar como segunda lengua por herencia, por necesidad laboral o por simple conexión con una cultura apasionante.

Por eso cada vez más colegios en California se están dando a la tarea de incorporar la enseñanza bilingüe en español y en inglés, convencidos de que el aprendizaje en dos idiomas fomenta la inteligencia y el estímulo académico para los estudiantes que lo intentan.

“Durante mucho tiempo se ha dicho que los programas bilingües no funcinaban, pero creo que eso no es cierto”, explica Miriam Quintanilla, especialista en inmersión dual para la Archidiócesis de Los Angeles y la responsable de que se esté implementando en un centro católico de Huntington Park, St. Matthias, por primera vez esta temporada.

A nadie se le escapa que es un barrio de mayoría abrumadoramente latina y de familias de bajos recursos, por lo que Quintanilla cree que tiene más mérito que la gente se esté acercando a un programa educativo de corte progresista y poco tradicional.

“Creo que hay mucha gente que se ha dado cuenta de que es un error no enseñar otro idioma y que es una ventaja dominar el español y el inglés”, explica esta experta latina. “Aquí enseñamos el español de una forma académica con el objetivo de que haya un amplio dominio del idioma. Se trata de que los niños sepan español de verdad”.

Para ello recurren a otras disciplinas como la música o las manos, aprendiendo el idioma a través de gestos desde edades muy tempranas —el programa comienza a los 2 años— aunque sin olvidarse de los estándares que aplican en las escuelas públicas de California o “Common Core”, como se ha bautizado el término en inglés. “Hay varias estrategias para que los niños capten la información”, explica.

Un programa ambicioso en un espacio abierto para los niños que, sin embargo, no está lleno ni mucho menos, según explica el director del centro, Joe Gallardo. “Hay mucha competencia de las escuelas públicas y la gente prefiere no pagar, pero creo que es un colegio que merece la pena por su precio y lo que ofrece”. En total son 3.200 dólares anuales, que para muchas familias de bajos ingresos es un mundo, pero que puede significar la diferencia a la hora de lograr un mejor trabajo y una mejor vida en el futuro.

“De momento tenemos 135 niños y la capacidad es de 350. Hay mucho espacio para crecer”, afirma. “Creemos que es gente más involucrada con la educación de sus hijos y eso es de agradecer. Se respira un ambiente agradable”.

@pscarpe

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