América recibe a Chivas en un lucha que parece desigual por la grave crisis que atraviesa el cuadro tapatío

El sábado 26 de septiembre el estadio Azteca será sede de otra edición del súper clásico del fútbol mexicano. Pero mientras que uno llega con argumentos para ser considerado favorito, el otro llega herido por un sinfín de circunstancias que lo ha puesto en el borde del abismo.

América está en los primeros lugares luego de sufrir un poco con la llegada de Ambriz al banquillo del técnico, aunque luego Nacho supo tomarle la manija a un equipo plagado de estrellas a las que ha sabido exprimirles todo el jugo para escalar posiciones. Los detractores de las Aguilas las acusan de llenar la cancha de extranjeros y naturalizados, algo totalmente opuesto a lo que le pasa a las Chivas.

Del otro lado, el cuadro rojiblanco tocó fondo otra vez. ¿La solución? Buscar otro entrenador. Así, en plena etapa de transición el que verá a los toros desde la barrera será el argentino Matías Almeyda, un experto en revivir muertos.

Como están las cosas, Chivas saldría a defenderse de los fogonazos de unos americanistas que buscarán hacerles daño con toda su artillería y sin piedad alguna. Pero tampoco hay que olvidar que es un clásico y que es en estas condiciones cuando sale a relucir el carácter y el orgullo propio; que cuando el fútbol es escaso y la humillación se asoma burlona para machacarte, es cuando uno siente correr la sangre por las venas a toda velocidad y se sacan fuerzas de flaqueza y coraje y garra y todo lo que se necesita para regresar golpe por golpe, futbolísticamente hablando, por supuesto.

Sí, es un clásico desnivelado entre un equipo milloneta que tiene talento rebosante por los cuatro costados y un grupo de mexicanos que ha sido sobajado, desangrado y vilipendiado por una directiva que nomás no le atina con sus toscas decisiones. Al final puede ser un resultado que catapulte a los emplumados más arriba en la tabla y que los haga pavonearse de haber vencido al archirrival, aunque también puede significar un latido de esperanza para un moribundo que se niega a dejar de respirar; o puede ser, como en la mayoría de las veces, que todo termine en un clásico empate. EC

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