La salida al mercado del ‘low cost’ de la marca de vehículos eléctricos ha abierto el abanico a un nuevo perfil de consumidor

Tesla no es un vehículo, es una experiencia. Bien podría ser un eslogan de campaña de la empresa con sede en San Carlos, California, o simplemente una forma de describir la sensación que ha logrado transmitir la marca de lujo de coches eléctricos en sus 13 años de existencia. La prueba está en lo sucedido el jueves, cuando se desató la locura por reservar el modelo ‘low cost’ de la marca sin ni siquiera haberlo visto antes.

De momento, y de acuerdo a los últimos datos de Tesla, los pedidos para el nuevo Model 3, por un precio a partir de 35.000 dólares —antes de incentivos gubernamentales—, ya van por 279.000, con perspectivas de alcanzar el medio millón en las próximas semanas, 10 veces más que lo que venden en un año de su modelo más caro y tradicional, el S, y una pequeña revolución a nivel de consumidor.

Sus nuevos clientes ya no son millonarios de Sillicon Valley ni ejecutivos de la industria del cine con salarios muy por encima de los 100.000 dólares anuales. A esa nómina se han incorporado ahora los hipsters, los millenials y los amantes del medio ambiente, en consonancia con los datos que daba Edmunds.com hace unos meses sobre los vehículos Tesla de segunda mano y que están contribuyendo a impulsar el mercado de los coches eléctricos en EEUU.

De hecho, la demanda de Teslas usados ha superado a los recién salidos de fábrica, con un cambio sustancial en la demografía de sus compradores. El 36 por ciento de los dueños de un Model S usado gana menos de 100.000 dólares al año, frente al 25 por ciento dentro de ese margen salarial que opta por adquirir uno nuevo.

En cuanto a la nueva hornada de compradores —y a falta de un estudio más detallado—, se sabe que son hombres en su mayoría, de entre 30 y 40 años, mayores de lo que muchos analistas esperaban y extraído de las encuestas realizadas por algunos medios estadounidenses a pie de cola, las que se formaron en las tiendas Tesla durante horas la semana pasada.

Sorprendente y decepcionante por ahondar en el estereotipo de que las mujeres son menos proclives a los modelos de la compañía fundada por Elon Musk. Pocos de los compradores del Model S son féminas.

También se sabe que no son consumidores por capricho, ansioso de tener el último juguete tecnológico, como se ha dicho de muchos clientes de Apple, sino que lo hacen por necesidad, calculando las letras que les quedan de sus actuales modelos para hacerlo coincidir con la entrega del Model 3, allá por 2018, según la mayoría de los cálculos.

El problema es que la competencia está preparada para hacer frente a la popularidad de Tesla. El nuevo Chevy Bolt, con un precio parecido al Model 3, estará disponible mucho antes, y de la nueva generación del Nissan Leaf se dice que tendrá un recorrido de 480 kilómetros por carga de batería. Pero en esas instancias sí entra en juego la comparación con Apple: No es lo mismo un iPhone que un Samsung, por mucho que se empeñen en imitar al original.

Como en los productos diseñados por Steve Jobs, existen una distinción y una clase en los eléctricos de Tesla que no admite comparación para sus fieles conductores. Y contra eso, es difícil competir. De ahí un fenómeno que de momento se antoja imparable. EC

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