Pablo Scarpellini. Los Angeles | 22 de septiembre de 2011

Es fácil adivinar que no piensa parar nunca. A sus 81 años Dolores Huerta sigue en la lucha que hizo grande su nombre en California y a nivel nacional, una mujer única en la batalla por representar a los campesinos que llegaron en masa de México en los años 40 y 50.

 

Las cosas han cambiado para bien en muchos ámbitos campesinos. Los trabajadores del campo tienen acceso a derechos mínimos de compensación laboral, además de poder usar el baño durante horas de trabajo como cualquier otra persona, algo que antes, por increíble que parezca, resultaba un derecho inalcanzable.

 

“Esa ley era vergonzosa y la conseguimos sacar adelante hace muchos años”, dice Huerta en una conversación telefónica, en la que admite que todavía hay muchos puntos legales que ya existen en California pero que todavía no se han impuesto nivel nacional. “Ahora es el turno de otros lugares como Arizona y Texas de continuar con la lucha para obtener los mismos derechos”.

 

Huerta, que trabajó mano con mano con la otra leyenda del sindicalismo californiano en clave hispana, César Chávez, se refiere a leyes como el CALRA, que le confirió a la gente el derecho de organizarse en uniones para negociar sus condiciones laborales con sus respectivos patrones.

 

Pero quedan cuestiones que resolver en la actualidad porque “la derecha se ha organizado de forma muy fuerte y es algo que hay que contrarrestar”.

 

Todo ello pese a tener a Barack Obama de su parte, un hombre que Huerta dice “está haciendo todo lo que puede hacer”, en contra de lo que dicen muchos críticos por no haber abordado la tan traída reforma migratoria.

 

“Cuando ganamos la amnistía en el 86 teníamos al senador Kennedy de nuestro lado y trabajamos mucho para conseguir los votos dentro del Congreso y ganar la ley. Ahora lo que pasa en el Congreso es que nos faltan muchos votos para ganar la ley. No es culpa de Obama. Él está dispuesto a firmar una ley comprensiva para todos”, explica.

Precisamente la amnistía de 1986 es uno de sus mejores recuerdos de sus más de 50 años de activismo social. “La trabajé en Washington para que los campesinos pudieran ganar su legalización, bajo la cual se beneficiaron más de 1.400.000 en el campo por todo Estados Unidos”.

 

Y aquello afectó no solamente a los campesinos sino también a toda las personas por la ley de las votaciones electorales en español que antes no había. “En esa época ganamos todos”, indica.

 

Por desgracia, también hay malos recuerdos, como los 22 arrestos durante su carrera y la paliza que le dio la policía de San Francisco durante una marcha pacífica en 1988, en la que resultó con varias costillas rotas y perdió el bazo.

 

Su recuerdo, sin embargo, habla de racismo y discriminación a las mujeres como lo peor que ha sufrido durante su trayectoria. “Esos dos factores todavía existen entre el mundo rural y son muy duros para la gente”, asegura valiente, sin mencionar el castigo físico y psicológico al que se vio sometida. Es Dolores Huerta, una especie de heroína en vida. EC

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