De cinco partidos disputados en la Copa Oro, el Tri dejó muchas dudas en cuatro de ellos, siendo su choque ante Haití su peor demostración

Con el rosario en la mano y encomendados a “San Guillermo”… Ochoa. Así avanzó México a la ronda de semifinales en la Copa Oro. 

Todo parecía un paseo de fin de semana cuando el Tri comenzó el torneo con una goleada de 7-0 sobre Cuba, pero no fue lo mismo contra Canadá y Martinica. Los del “Tata” Martino ganaron pero no convencieron, sobre todo cuando sufrió de más ante una aguerrida selección del Caribe que se quitó de complejos y puso a sudar al “gigante” de la Concacaf.

En los cuartos de final el equipo tricolor se encontró con un viejo conocido que significaba a todas luces como el más peligroso, una Costa Rica herida en su orgullo al ser derrotada en su cotejo anterior ante una sorpresiva selección de Haití. Los Ticos tenían un arma secreta para anular a los aztecas: el técnico Gustavo Matosas, un gran conocedor del futbol mexicano que sabía por dónde se le podía atacar y desarticular el sitio donde se gestan los embates del marcado como favorito.

Con un esquema defensivo, Costa Rica se las arregló para detener a la artillería mexicana y para complicarlos al frente a base de contragolpes. Desde ahí el portero Memo Ochoa empezaba a marcar la diferencia. Su liderazgo y su experiencia fueron la clave para que México mantuviera, al menos, el empate después de un inexistente penalti a favor de los centroamericanos.

Con unos tiempos extras cerrados, de pierna fuerte y con México un poco más incisivo, llegó el pitazo final para definir al ganador desde el manchón penal. Era un volado, pero los aztecas dominaban con la presencia del mundialista Memo Ochoa. Jiménez, el infalible, falló el primer intento. El fantasma de los penales rondaba en el ambiente, pero el arquero mexicano se encargó de ahuyentarlo al detener un disparo en la muerte súbita, terminando así con las esperanzas del equipo tico y poniendo al Tri en la siguiente ronda. 

México estaba del otro lado para seguir en carrera en la Copa Oro. El rival en semis lo estaba esperando, un Haití que hasta entonces había sido el equipo revelación con cuatro triunfos en fila y con su primera aparición entre los mejores cuatro del torneo. La fiesta estaba lista, pero el ambiente nunca despegó y, en cambio, se fue apagando hasta dejar un amargo sabor de boca en los miles de aficionados que llegaron a la cita.

Haití demostró ser lo que es: un equipo de tercer nivel que no daba pie con bola. Lo más lógico hubiera sido una goleada, pero los mexicanos en la cancha se nulificaron solos. Fue espantosa su incapacidad para meter el balón a la red. Fue un equipo sin ideas, sin profundidad, sin atrevimiento y sin goles. El único que parecía intentar algo diferente fue Rodolfo Pizarro y si acaso otro poco Raúl Jiménez; el resto, para los leones.

Y tuvo que ser un penal dudoso en el primer tiempo extra para que el Tri pudiera abrir el marcador; si no, el peor de los ridículos. Este domingo tiene la obligación de limpiar su imagen ante Estados Unidos. A ver si con un contricante de verdad puede sacar la casta y olvidar ese penoso pase a la final de una Copa Oro diseñada para que estos dos lleguen a la disputa por el título. EC 

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