El delantero francés le arrebató el triunfo a unas Chivas que jugaron casi perfecto. La final de define el domingo en Zapopan 

Se invirtieron los papeles en el estadio Universitario. Chivas sacó el colmillo ante unos Tigres que empezaron arrolladores pero que con el paso de los minutos se volvieron inoperantes. Si no es por el olfato goleador de su ariete francés, André-Pierre Gignac, los felinos hubieran pagado caro su flojísimo desempeño.

El partido de ida de la final mexicana tuvo un marco esplendoroso, con toda esa estampa futbolera que le imprime la gente de Tigres cuando su equipo juega de local, aunque hubo por ahí y por allá grupúsculos de valientes rojiblancos que por poco son testigos de casi un milagro.

Contrario a lo que se esperaba, el equipo de Almeyda se dejó llegar a los felinos. Aguantó el aluvión y comenzó a mover sus líneas para neutralizar la media cancha de los norteños. Todos jugaron por nota. Se movían en sintonía hacia adelante, hacia atrás y hacia los costados tapando todos los huecos posibles y ejerciendo presión desde sus dos únicos delanteros, Pulido y Pizarro.

Pronto los tapatíos encontraron canales para pisar más a menudo terreno enemigo y en un tiro de esquina, encontraron el premio a un trabajo bien hecho y también como consecuencia, cuando no, de un error en la salida de Nahuel “El Patón” Guzmán. Pulido, siempre alerta y bien ubicado, no perdonó el fallo y le asestó la primera estocada a su ex equipo.

Chivas crecía en aplomo, en manejo de partido, en confianza. Tigres era una máquina sin motor, sin combustible y con los cables cruzados. Así las cosas, Rodolfo Pizarro aprovechó otra “nahueleada” justo antes del descanso para poner a soñar al chiverío con la corona. Con esta anotación, el estadio ya no arrojó fuego sino solamente humo.

El segundo tiempo fue más de lo mismo. Almeyda reforzó la defensa para dejarle todo el gasto al rival, sabiendo que hasta el momento no había demostrado nada de lo que se venía pregonando antes del encuentro. Pero en los minutos finales, cuando todo parecía escrito para la hazaña del Guadalajara, ahí apareció el toro francés para dar una muestra de por qué es uno de los más letales dentro del área. Con una media vuelta soberbia venció a su marcador y al portero para darle a Tigres la sacudida que necesitaba, a seis minutos del final.

Los de casa, empujados por el despertar del galo y de las gradas, se volcaron sobre un aturdido equipo que no reaccionó a tiempo, y apenas tres minutos después, en el 87 de tiempo corrido, apareció otra vez Gignac con la potencia y el olfato del que sabe para conseguir el agónico empate, luego de una estupenda definición casi cayéndose ante la inútil salida de Cota. El Volcán hizo erupción y se acabó el encanto de los visitantes, que vieron incrédulos como se les escapaba la victoria de las manos para finalmente dejar las cosas en puntos suspensivos.

El domingo será la definición con Chivas como local. Veremos cómo reacciona el Rebaño después de las tarascadas que se llevó en el partido de ida. Veremos si esas dos heridas de Gignac no terminan por infectarse y les pase factura en el partido de vuelta o, por el contrario, veremos si los de casa recuperan la salud y la cordura para darle el tiro de gracia a unos Tigres que no son tan fieros como todos decían. La final sigue más abierta que nunca. EC

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