Al salir de otra curva cerrada, tras el humo de otro gran camión en sufrido ascenso por un puerto remoto, se divisan a lo lejos las primeras copas de las palmas de cera, casi eternas, que marcan la entrada a una región muy mascada en tertulias vespertinas del centro de Bogotá. Detrás de la cordillera andina, por una vía con paisajes estratosféricos que se alza hasta los 3,300 metros de altura, esperan los miles de cultivos del café que le han dado fama mundial a Colombia.

Ha pasado mucho tiempo desde que el saco de café superaba los 15 dólares en los mercados internacionales, y pese a eso, el eje cafetero brilla más que nunca. También hace tiempo que la gente de esos tres departamentos -Quindío, Caldas y Risaralda- comprendió que había más negocio en atraer a los turistas hacia la vida de aquel entonces, cuando el grano se dejaba secar al sol.

Hoy en día es el segundo destino turístico -después de Cartagena- de un país del doble del tamaño de Francia, marcado por el triste estigma del narcotráfico y la guerrilla, pero plagado de maravillas, de paisajes desconcertantes, de gentes humildes y serviciales dispuestas a ofrecer todas sus frutas, toda su sabiduría popular para el camino.

La oferta principal gira en torno al café, a su historia, su cultivo, su manera de tratarse y exportarse, sus miles de concepciones en taza o en vaso, con azúcar o leche condensada. Pero el aroma verdadero viene de las voces, de los campesinos de miradas profundas y manos rotas que ya saben un poco más sobre regentar una casa rural, aceptando compartir sus trayectorias con los extraños que pagan unos pocos pesos por la dormida en una alcoba a la antigua, desayuno con huevos pericos y siesta en la hamaca del porche.

Marinela Rojas Martínez se encarga de la cocina y de llevar la casa rural El Balso, a unos 5 kilómetros de Armenia, capital del Quindío. Es una construcción de dos pisos con 100 años de edad, pintada de rojo, blanco y azul, como las construcciones típicas del departamento, decorada con sencillez, cómoda pero sin grandes lujos.

Cafetero en ColombiaJulián Morales de la Pava, el dueño, enseña las plantaciones en busca de granos rojos como rubíes, listos para ser tratados y convertidos en objeto de exportación. Pese al giro del turismo, este señor de 70 años sigue a lo suyo, que es vender café como en su día hicieron su padre y su abuelo.

“Hace años que las cosas ya no son iguales para la industria, con una crisis que viene desde los 90. Nos preocupaba la situación y a mi mujer se le ocurrió montar el hotel para compensar las pérdidas. El turismo nos ha dado un nuevo impulso”, confiesa Morales.

También dice que no se siente extraño entre extraños, sino todo lo contrario. “Me encanta recibir a gente y explicarles todo sobre el café, porque la mayoría no saben nada del asunto”.  

Lo normal es que les dé un paseo por la finca, aunque tiene un tour especial hasta Armenia para los que muestran un mayor interés en todo el proceso del grano y la exportación.

Además de tradición, instrucción cafetera, sabor y buena cocina local, están las veredas para perderse por la selva de todos los verdes posibles, por donde otros muchos hoteles con caminos similares ofrecen paseos a caballo cruzando los ríos de la zona, el Barragán, el Quindío, el Verde o La Vieja.

Hace años el objetivo era descansar y mirar el paisaje desde una mecedora con un libro en las manos, y aunque todo eso sigue existiendo, las alternativas típicas para el turistas llevan tiempo floreciendo, con piscinas, jacuzzis, canopy (para lanzarse en liana por los bosques), rafting, descenso en balsa y hasta un parque temático, con el café, como no, de protagonista.

Son 12 hectáreas de extensión, una finca “demasiado grande”, como reconoce el guía que da la primera explicación junto al mapa de la entrada. En realidad lo dice orgulloso, porque hay mucho por hacer para pasar el día.

El parque, muy cerca de la localidad de Montenegro, tiene un cuidado Café de Colombiamuseo sobre la historia del café, para internarse a fondo en sus aromas y procesos. Después, un sendero ecológico invita a los visitantes a pasear entre las matas y sus granos, con paradas en un cementerio indígena, una casona típica y toda la maquinaria tradicional con instructores, hasta llegar a las zonas de tiendas y restaurantes, antesala de atracciones como una montaña rusa o unos “karts” para pasar la tarde dando brincos.

A la salida está el ejército de vendedores esperando, armados con sombreros, collares y pulseras tejidas con la bandera de Colombia. Dentro, las tiendas ofrecen el tintico, el café oscuro. “El tinto es gratis con cualquier compra, monita”, le dice el vendedor a una rubia que curiosea por entre las ruanas y los bolsos. Se pueden comprar cosas buenas y baratas, sobre todo con el euro rozando los 3,000 pesos, aunque hay que regatear siempre.

Para cenar vale cualquiera de los pueblitos del camino, quizá Quimbayá o Montenegro o Filandia, famoso por su cestería. Las fondas son buenas en atención, y los zumos naturales o en leche (batidos) son perfectos para abrir el apetito. La carne se impone sobre el pescado, aunque las piezas de río como la trucha o la mojarra con patacón (a base de plátano) son algo sabroso.

Más tarde, para los que quieran marcha, se pueden rondar los bares y discotecas de una de las tres ciudades del eje: Manizales, Pereira o Armenia, a pocos kilómetros de distancia entre ellas. Dicen que Pereira, con su viaducto como gran distintivo, es la de más rumba. En una sola calle caben multitud de locales, con “La Cantera” como la estrella del momento por sus vistas de toda la ciudad.

“Este es el mejor sitio del eje cafetero para bailar y tomarse unos tragos. En esta zona hay para elegir y casi todos los días hay acción”, confiesa Margarita Pérez, oriunda de la vecina Armenia.

Monumento de café en ColombiaDe vuelta por una carretera de doble carril (lo que no es habitual) se puede pasar la noche en Cartago, por aquello de pisar otro departamento, el importante Valle del Cauca, con Cali de capital. Es una ciudad con aires de pueblo grande, agradable, cercada por el río La Vieja, con la Iglesia de Guadalupe o la Casa del Virrey para visitar y unos cuantos sitios para meterse una parrillada en forma entre pecho y espalda.

Queda a unos 50 kilómetros de la siguiente aventura obligada, los termales de Santa Rosa de Cabal, en otro departamento, Risaralda. Se llega tras pasar por varios pueblos, ya con la tentación presente del que conoce y le provoca comerse un chorizo típico a media mañana o bajarse y pedir un jugo de papaya en leche en el primer puesto ambulante. Con el paso de los días, las miradas penetrantes y curiosas de los lugareños ya no intimidan. Más bien invitan a preguntar, a hacerles un retrato con la cámara digital.

En Santa Rosa están las piscinas y las cascadas de agua caliente que llegan del Nevado del Ruiz, un volcán situado a unos 90 kilómetros de allí. “Ya verás que esto es de puta madre”, comenta el españolizado Jesús Alberto Ospina, uno de los trabajadores de los termales, armado con un “walkie talkie” mientras confiesa que jamás se habría ido de España si no lo hubieran deportado tras cuatro años ganándose la vida.  
  
“Aquí gano mucho menos dinero pero vamos tirando, atendiendo a los extranjeros que llegan a disfrutar de este hotel”. Ospina habla maravillas del establecimiento que controla las piscinas, un curioso hotel con jacuzzi abierto a las estrellas y habitaciones de grupo con vistas a una cascada imponente de unos 100 metros.

El secreto está en hospedarse en temporada baja, que es siempre salvo en Semana Santa y Navidad, y bañarse en las aguas hirvientes que bajan del volcán, con la cascada y los pájaros exóticos como único ruido de fondo. El hotel cobra unos 40 euros por persona con las tres comidas incluidas, lo que no está nada mal.

Claro que hay mucho más por ver, comprar y visitar, como un recorrido a fondo por el Nevado del Ruíz y sus nieves constantes, o el Valle de Cocora con las palmas de 60 metros de altura, tan flacas siempre; o Salento, del que dicen es el pueblo más bonito del eje por los colores de sus casas típicas.

Hacen faltan días, espíritu de aventura y ganas de explorar. El eje cafetero es el gran destino turístico del interior de Colombia, un país con mucha berraquera, que dicen los de allá.

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