Esta, debemos reconocer, tiene un argumento tan enrevesado e imposible de materializar, que no deja dudas de que es un película de Hollywood: pura fantasía para el deleite de los que acuden al cine para no verse reflejados en los cuentos de hadas de la gran pantalla, algo que los haga soñar.

Por fortuna para ellos y para algunos románticos empedernidos adictos al final previsible y la risa fácil, nunca faltan películas como ésta: “Life As We Know It”, otra historia enrevesada de amor imposible y situaciones inverosímiles que acaban como tienen que acabar, en dos bellos y hermosos viviendo eternamente felices.

La rubia con suerte
Y de nuevo, en lo que sin duda es una buena racha para la actriz que nos ocupa, la comedia romántica del fin de semana vuelve a tener de protagonista a Katherine Heigl, que ya estrenó hace unas semanas “Killers”, con Ashton Kutcher como pareja de baile.

Como en aquella otra cinta, Heigl sigue conservando la dulzura y el encanto de las atractivas actrices americanas, aunque su capacidad interpretativa no ha mejorado demasiado. Quizá sea por los guiones, un tanto huecos y sin demasiada fuerza, o que no es capaz de llegar más allá de un constante flirteo con los galanes que le ponen delante.

Tampoco ayudan mucho sus compañeros de reparto. Kutcher en “Killers” no es precisamente un superdotado de las tablas —de hecho ya ha insinuado que está pensando en dedicarse a otras cosas que le llenen más— y en ésta le toca bailar con otro muy parecido en estas lides, el atractivo Josh Duhamel, que se dedica a poner caras de simpático seductor y a hacer amago de llorar cuando termina por reconocer que es un cretino integral, todo ello mientras se declara a la chica al final de la cinta, como era de esperar. Final cantado.

Una ‘peli’ para reír y olvidar
Es de suponer que los guionistas de esta clase de libretos no sufran demasiado por contar el desenlace desde el principio, sino que se amparen en los giros y recodos del camino para intentar que quede en el subconsciente de los espectadores como una que antes no habían visto.

Pues bien, con esta es posible lograrlo porque aunque tiene ciertas dosis de realidad, ambientada en un suburbio de clase media de Atlanta con todas sus trivialidades, se convierte en una historia cuando menos desconcertante cuando un chico y una chica, íntimos respectivos de un matrimonio joven, se ven en la encrucijada —más bien obligación— de hacerse cargo de su bebé de un año de edad cuando se queda huérfano después de perder a sus padres en un accidente de coche.

Claro está que la incompatibilidad de los dos se va reduciendo poco a poco según aprenden a lidiar con un bebé, tarea titánica por otra parte, como bien refleja la cinta de Greg Berlanti. Y todo adornado con escenitas de seducción, chistes por doquier y situaciones cómicas con la niña como elemento común.

Al final, todos logran lo que querían mientras entretienen y hacen reír al espectador, que es de lo que se trata, aunque no haya excelencia ni matices que la hagan mínimamente grande. Película comercial y sin pretensiones, correcta, a veces divertida, y poca cosa más.

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