A Augusto Pinochet le cabe la honra de ser, probablemente, representante de la quintaesencia de las dictaduras, la más de fea, la más temible, la que de un golpe de estado se acabó convirtiendo en un imperio del terror para una inmensa mayoría, con desaparecidos y torturados bajo el sello de aquellas gafas negras y siniestras que lució el general poco después de perpetrar su asedio militar al Palacio de la Moneda en septiembre de 1973.

 

Por suerte para Pablo Larraín, la vivió por los costados. El director de “No”, la nueva cinta sobre lo que sucedió en el angosto país latinoamericano, tenía tres años cuando Salvador Allende perdió la vida. En parte por eso, por entender, ha rodado esta cinta sobre el referéndum que pidió el dictador para perpetuarse en el poder en 1988.

 

En ese año se centra la historia protagonizada por Gael García Bernal, cuando, presionado por su aliado extranjero más poderoso y generoso, Estados Unidos, Pinochet pide un referéndum sobre su presidencia. Sus 15 años de régimen se han caracterizado por su desprecio a los derechos humanos, asesinatos, encarcelamientos, exilios y “desaparecidos”, los que simplemente desaparecieron.

 

Una coalición de 16 partidos políticos de la oposición a la dictadura se acerca a un ejecutivo de publicidad, René Saavedra (Gael García Bernal), para encabezar su campaña. Saavedra es un seductor de clientes capaz de crear una campaña de televisión para el último refresco o el acontecimiento más importante en la vida de su país.

 

El jefe de René, Lucho Guzman (Alfredo Castro), resulta ser un alto miembro del consejo asesor de Pinochet. La ex esposa de René, Verónica Carvajal (Antonia Zegers), es una activista radical que cree que el plebiscito es un fraude y se niega a legitimar el dictador y su falso referéndum por votación. Mientras que ella desprecia la participación de su marido con la oposición, comúnmente conocido como el NO, René sólo quiere que vuelvan a estar juntos y vivir como una familia con su hijo, Simón.

 

“NO” es la última parte de la trilogía que Larraín comenzó en 2008 con “Tony Manero”, una comedia de humor negro con indicios de agitación política, acerca de un psicópata de mediana edad que dedica su vida a convertirse en el mejor imitador  de John Travolta en “Fiebre del sábado noche”.

 

En la segunda entrega, “Post Mortem”, un empleado kafkiano de la morgue de la ciudad, perdidamente enamorado de una bailarina exótica que vive al lado, está conmocionado por la realidad política cuando se encuentra cara a cara con los daños colaterales de un brutal golpe de estado.

 

“‘Post Mortem’ habla del origen de la dictadura, ‘Tony Manero’ acerca de su momento más violento, y ‘NO’ es sobre el final”, detalla el director Pablo Larraín. “Tal vez lo que más me interesa es la revisión de las imágenes de la violencia, la destrucción moral y la distorsión ideológica, no con el fin de entender, pero a fin de arrojar luz sobre ella”. EC

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