La marca americana ha aprovechado el 50 aniversario de  ‘Bullitt’ y el espíritu de Steve McQueen para sacar un bólido de gran cilindrada

A Sean Kiernan lo han traído hasta Burlingame, California, para presumir de coche. Y no es de extrañar. El suyo, un Ford Mustang del 68, es el original, el que usó Steve McQueen en unas cuantas escenas de Bullitt, aquella legendaria película de eternas persecuciones por las calles de San Francisco que ahora sirve de percha para lanzar un bólido especial al mercado.

“Mi padre lo compró en el 74 por poco más de 3.000 dólares. Fue un gran negocio porque este lo usaron en el 90 por ciento de las escenas de la película”, cuenta mirando con orgullo el viejo modelo, aunque sin perder de vista el que tiene al lado. “Este siempre será el más cercano a mi corazón. No obstante, reconozco que la nueva versión es fabulosa. Es un guiño increíble a la película”.

Kiernan se refiere al nuevo Mustang Bullitt que Ford ha puesto en el mercado aprovechando el 50 aniversario de la cinta de Peter Yates, una apuesta sentimental a caballo entre la nostalgia y la innovación. Se trata de la tercera versión del Bullitt en la historia de la compañía con sede en Michigan, la más potente hasta la fecha con un motor cinco litros, V8 y 480 caballos, 20 más que el Mustang 350 GT.

Toda esa fuerza se traduce en 262 kilómetros por hora de velocidad máxima, a mucha distancia de la anterior propuesta, envuelto en un llamativo verde botella que homenajea al modelo que McQueen le quiso comprar al padre de Kiernan en varias ocasiones. Este jamás quiso vender. También lo hay disponible en un “negro sombra”, una versión que es probable tenga poca salida frente al verde original.

Fuera, frente a la puerta de The Candy Store, un club de vehículos clásicos con joyas de todas las épocas, hay un batallón de los nuevos Mustangs aparcados. Tan solo uno es negro. La primera impresión es que entra bien por los ojos. Es un coche bonito, una americanada quizá, pero bonito al fin y al cabo, aerodinámico, con cuatro plazas relativamente amplias para un deportivo.

El homenaje por el que se ha decantado Ford tiende al minimalismo. No hay ni emblemas en los laterales ni caballito por delante para parecerse en lo más posible al coche que condujo McQueen en el filme. Eso sí, luce un logo circular cromado del Mustang Bullitt en la zona del maletero.

Por fuera apela a la nostalgia sin piedad —con la excepción de los frenos Brembo, de un llamativo color rojo. Pero por dentro la tecnología ha sabido imponer su ley. El nuevo Mustang Bullitt cubre con creces los requerimientos de la era moderna. El navegador no solo aparece en la pantalla central, sino que replica las direcciones en el salpicadero, justo delante del volante. Ahí mismo, el conductor puede caer en la tentación de ir cambiando de modo de conducción, del más silencioso, para mitigar el escándalo natural del motor, al GT o Track Mode, idóneo si la intención del dueño del bólido es hacerse notar en el barrio o en las fiestas del pueblo.

Pero aún es una hora decente en Burlingame, un pueblo a las afueras de San Francisco, y la hoja de ruta trazada invita a dar rienda suelta a los instintos más básicos. A este Mustang lo parieron para hacerlo rugir. Basta con pulsar el botón de arranque para darse cuenta. En primera marcha comienza el espectáculo, con un mundo de posibilidades por delante, las seis velocidades que están marcadas en la bola blanca de billar que corona la palanca de cambios. Otro guiño más al Mustang original del 68.

En segunda el tirón es considerable y en tercera el recorrido suficiente como para despertar una sensación de euforia en cualquier aficionado al mundo del motor. Se nota el aumento en el diámetro del cuerpo de aceleración del anterior modelo a este, de 82 milímetros a 87, de 0 a 60 millas por hora en menos de cuatro segundos. Una bestia consumada.

“Este Mustang siempre tendrá un lugar emocional en el mercado”, razona Carl Widmann, el ingeniero jefe de Mustang. “Es la emoción de conducirlo lo que cuenta, porque cuando lo haces, es gratificante. Tiene mucho que ver con el sonido”.

Claro que llega en plena era del cambio climático y de lucha contra vehículos contaminantes como este. Widmann le quita hierro al asunto y asegura que es una cuestión de elección. “Hay formas de encontrar un equilibrio, como tenerlo por diversión y luego ir a trabajar en bicicleta. Es más una vía de escape y una forma de divertirse que otra cosa. Además, no es un modelo de producción masiva”. De hecho, en el salpicadero está grabado el número de cada unidad.

En cuanto a la nostalgia como factor de venta, este ingeniero argumenta que “no es tanto la nostalgia como la emoción”, admitiendo, eso sí, que el vínculo con McQueen y el filme de Yates les ayudará a vender esta máquina. “La sensación de libertad del Mustang encaja muy bien con el espíritu de McQueen. Es una combinación perfecta”. EC

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