como si ya estuviesen derrumbados
el cerco y las murallas opresoras,
confieso libremente lo que amo,
digo verdad, y fiel es mi memoria

a todo lo pasado por mi cauce.
Para nada me sirve la mentira;
entierro las palabras que no nacen
cantando como sangre de una herida.

Elijo la batalla. No me callo
lo que siento verdad. Ésta es mi gente.
Estos hombres heridos, mis hermanos:
almas acuchilladas que se crecen

cuanto más asesinan su esperanza.
Estoy con estas manos y estos pechos
que los puros desprecian y señalan
con la inclemente seña de su dedo.

Estoy con los sedientos de belleza,
con los que no heredaron la hermosura,
con los que lentamente deletrean
y van hacia la luz bajo la lluvia

que cae sobre su amargo desamparo.
Empujo en estos muros carcomidos
del edificio cruel que nos han dado
sin ventanas, con lágrimas y frío.

No lloro lo que ya desaparece.
Miro el ascenso de los tallos nuevos.
Canto la tierra madre donde crecen
las tremendas cosechas de hombres recios

que ya sus propios sueños edifican.
Y pongo entre sus manos mi palabra,
por ellos la organizo, por su vida,
aunque yo hubiera de morir mañana.

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