Chile le repitió a Argentina la misma dosis del año pasado para obtener el bicampeonato de la Copa América, gracias en parte a una gran actuación del meta Claudio Bravo

Mismo guion, mismos protagonistas, mismo desenlace. Una copia de la final del año pasado. La Selección de Chile consumó una obra que levantó con cimientos a prueba de todo, incluso de un fuerte huracán llamado Argentina que no pudo derribarla en la final de la Copa América Centenario.

Más de 80,000 personas le dieron colorido y pasión al cerrojo del torneo. La expectativa iba en aumento para ver el duelo entre los dos mejores equipos. En las gradas había mayoría albiceleste, pero los rojos no se intimidaron y cantaron a todo pulmón el himno nacional, sobre todo esa última estrofa a capela y ya cuando la música había enmudecido, lo que hizo más emotivo el momento.

Ya en la cancha, la propuesta del equipo argentino se hizo patente desde el pitazo inicial como diciendo “aquí mando yo”. Chile se vio superado en la posesión del balón y se hizo más compacto de media cancha hacia atrás. La presión de los gauchos surtió efecto y provocó un garrafal error de Gary Medel, pero Higuaín echó a la basura el regalo. Lo iba a lamentar.

La Roja ajustó marcas y trabajó como lo había hecho en todo el torneo, en bloque y presionando en todo el terreno. Dejó de atacar para ahogar a los argentinos con dos y hasta tres furiosos marcadores cada que un rival tenía el esférico. El partido se fue convirtiendo en un concierto de patadas, empujones y piquetes de ojos. Se aplicó la ley del talión: me pegas, me la pagas. El árbitro brasileño Héber Lopes no quiso ser menos y se inventó su propio show, aplicando expulsiones inventadas (más la de Marcelo Díaz que la de Marco Rojo) y haciendo gestos y señales exageradamente ridículas que dejaron en evidencia su poca capacidad para manejar un duelo como este.

 

Francisco Silva

Argentina seguía intentando. Messi era el único que en medio de la refriega le sacaba gotas de agua a las rocas, que eran insuficientes para saciar la sed de gol del equipo gaucho. Pero el 10 nunca estuvo cómodo con la marca pegajosa de los chilenos. Aparte, ni el “Pipita”, ni Di María estaban enchufados. Chile se echó más al frente aunque sin llegar al arco de Romero, un mero espectador durante gran parte del partido, también gracias al trabajo eficiente de Mascherano, el otro líder del equipo del “Tata” Martino.

Antes de terminar los 90 minutos, Chile fue creciendo en confianza, en autoridad y en peligrosidad. Alexis, Vargas y Puch avanzaron metros a pura bayoneta calada. Pero no había tiempo para más, llegaron los tiempos extras, donde se juega más por orgullo que por piernas, donde se contiene el aliento en busca de un regalo divino que acabe con el volado de los penales. Pero nada. Definición desde el punto fatídico, donde se derrumban unos y se yerguen otros.

Arturo Vidal anunció el primer envío. Romero se recostó y los argentinos estallaron en las gradas. Ventaja segura, porque venía Messi al rescate. Pero el rosarino se volvió humano, un ser de carne y hueso que también comete errores. Y el que la pone en una esquina del arco desde más lejos y con una barrera de por medio, sucumbió al negro destino y voló la pelota presagiando una tormenta que lo ha seguido siempre que se viste de azul y blanco. El genio lloró amargamente un fallo que no fue suyo solamente, sino la firma de la incapacidad de todo un equipo, aunque estará en la mira de todos sus detractores que no lo bajarán de “pecho frío”. No se lo merece. Y menos cuando se echó a la espalda todo el dolor de la derrota anunciando su adiós a la selección, una declaración que debería tener preocupado a todo un país.

Del otro lado, Chile mantuvo la calma y la serenidad con los disparos de Nicolás Castillo, Charles Aránguiz y Jean Beausejour. Claudio Bravo fue el gran héroe de la causa chilena al detener el disparo de Biglia, dejando todo en los botines de Francisco Silva, quien se encomendaba a todos los santos para anotar el gol de su vida y para darle a La Roja el doblete de esta Copa América que lo pone como el campeón indiscutible del certamen. Pero lo del guardameta del Barcelona no fue solo le penalti atajado, durante todo el partido fue una muralla imbatible que dio seguridad y aplomo cuando más se necesitaba.

Esta fue la confirmación de un equipo que hará época, de un Chile que demostró que el juego en equipo puede más que las individualidades, que no importa el tamaño sino el corazón y la entrega, y que será sin duda un candidato para dar más en la próxima Copa del Mundo. Y que sueñe el fútbol chileno que se consagró en terreno neutral y que tiene entre sus filas al goleador de la copa Eduardo Vargas; al mejor del torneo, Alexis Sánchez y al guante de oro, Claudio Bravo. ¡Felicidades al campeón de América! EC

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