Khalijah Williams siempre quiso ir al colegio, aprender y consumir libros, pese a que muchas noches no sabía donde iba a pasar la noche al salir de la escuela. Ahora, a sus 18 años, ya sabe que dormirá en Boston, en la universidad de Harvard, donde ha sido admitida.

Allí, lejos de la California que la vio vagar sin casa durante años, tendrá un techo y podrá comer caliente sin escudriñar bolsas de basura ni rebuscar en la parte trasera de los supermercados. Su madre, una vagabunda afroamericana, le dio un curso acelerado de supervivencia callejera, trasladándola de una ciudad a otra cada vez que se ponían feas las cosas, que era casi siempre.

La joven Khalijah puede presumir de tener un largo expediente académico. Ha estado en 12 colegios en sus 12 años de educación primaria, de motel en motel y de albergue en albergue. Eso si había suerte. Muchos días en la calle. Pero Khalijah tenía un don y perseveró en ir al colegio pese a lo humillante de la situación. Se dio cuenta de su talento en un examen estatal que superó con honores, con mejor calificación que el 99 por ciento de los estudiantes de California.

“Sabía que si quería ser una persona inteligente, debía rodearme de personas inteligentes”, escribía la estudiante en sus ejercicios escolares siendo una niña. “Sentía la rabia por tener que ir por detrás en el colegio, ser objeto de burlas por ser pobre, por ser diferente, por leer demasiado”.

Con sólo 9 años, los profesores ya sabían que era una niña superior al resto, pero eso no la libró de seguir de centro en centro. Cada vez que cerraban el punto de acogida, había que largarse a otra parte, de San Diego a San Francisco, de punta a punta de California.

Su suerte cambió cuando decidió buscar ayuda. Recurrió a educadores e instituciones de apoyo a estudiantes que le dieron acceso a ordenadores y programas de verano, lo que le abrió las puertas del instituto Jefferson High de Los Angeles. Decidió no moverse más, hiciera lo que hiciera su madre. Necesitaba estabilidad y las cartas de recomendación de gente que conocieran bien su trabajo. Pese a todo no censura a la mujer que le trajo al mundo. Opta por destacar lo positivo. “Siempre me dijo que tengo un don y me llamaba Oprah”, cuenta la joven al diario Los Angeles Times.

Después de 12 colegios, de pasar de la droga por las noches, y de viajar en rutas eternas de autobús hacia su educación, a Khadijah la admitieron en 20 de las mejores universidades del país. El viernes pasado se graduó con honores del Jefferson High y pondrá rumbo en breve hacia la costa Este, a Massachusetts para estudiar donde antes lo hicieron Barack Obama, Ban-ki Moon o Natalie Portman.

Si nada se tuerce, su historia será monumental, otro capítulo del sueño americano que de vez en cuando inspira al mundo.

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