En San Bernardino aún no digieren el haberse sumado a la lista de ciudades marcadas por un tiroteo

Poco después de las 11 de la mañana, Kayla Lacross recibió un mensaje de texto de los que hielan la sangre. “Era mi hermana Megan, diciendo que estaba encerrada en una oficina con dos compañeros por un tiroteo”.

Después de eso, ya no pudo despegarse del móvil ni un segundo. Fueron 45 minutos, más o menos, de máxima tensión, espera y muchos ánimos, imaginando tan solo el horror que debía estar viviendo su hermana.

“Creo que la espera fue lo peor, porque te llegas a imaginar de todo. También sufrí mucho al ver a mis padres en plena angustia. Mi madre aún no puede dejar de llorar”.

Por suerte, Megan está bien, una de un poderoso batallón de testigos que ha sido trasladados hasta una iglesia de San Bernardino para ser interrogada. Fuera también esperan sus padres, llorosos y emocionados cada vez que le explican a uno de los periodistas congregados lo que acaban de vivir.

Mientras la madre solloza ante una cámara de CNN en directo, detrás, una especie de predicador hispano aprovecha las emociones latentes para formar un corrillo de familiares e invocar al altísimo. Se cogen de las manos y cierran los ojos.

“Señor todopoderoso, te pedimos que traigas paz a esta comunidad y que perdones a los que han cometido esta barbarie”, dice en inglés con la voz in crescendo.

La familia de Karina Torres forma parte de ese círculo humano. Su hija también estaba dentro del Inland Regional Center, el conjunto donde se produjo el tiroteo, llevándose por delante la vida de 14 personas.

“No tengo palabras para expresar el dolor y la desesperación que sentí cuando supe que mi hija estaba atrapada en medio del tiroteo”, cuenta esta mexicana del D.F. “Ahora todavía no sé mucho, excepto que está bien y que pronto estará conmigo”.

Torres lleva más de 35 años viviendo en San Bernardino, una ciudad que ni mucho menos considera tranquila, sacudida por la delincuencia y la mala situación económica, pero donde algo así era inconcebible.

Es, de alguna forma, el sentir general. “Nunca piensas que te va a tocar a ti, pero mira por donde, nos ha tocado”, explica Antonio Sánchez, un mecánico de Sonora que sigue revisando frenos en un taller, obligado a seguir en lo suyo pese a las circunstancias. El taller está ubicado a tan solo dos kilómetros de una nueva zona cero en Estados Unidos, la enésima, golpeando esta vez a una comunidad de mayoría latina, sacudida como pocas por la crisis inmobiliaria del 2007.

Varios años después, no es difícil hacerse una idea de lo que tuvo que pasar esta urbe de 213.000 habitantes en pleno desierto californiano, en la carretera camino a Arizona. La pobreza es el denominador común, con casas humildes rodeadas por lotes vacíos de tierra seca, reminiscencia de aquellos relatos de John Steinbeck.

Es, además, impersonal. Encontrar gente caminando por las calles resulta tarea complicada, un lugar de avenidas interminables y aceras abandonadas, rodeada de montañas y aridez. Pero hoy es un día especial y a las primeras de cambio se escuchan las sirenas circulando en varias direcciones, con más tiendas cerradas que de costumbre, eso sí. Se palpa el miedo.

Hay una que a pesar de todo sigue operando, la de Turner Outdoorsman, especializados en venta de armas, un macabro espectáculo.

Delante de la iglesia siguen entrando autobuses cargados con testigos de la tragedia. Es un día aciago, pero aún así, entre los que todavía esperan con horas por delante antes de reunirse con sus familiares, existe una sensación de alivio, de haber salido bien parados frente a tanta sinrazón. “Mi hija está bien”, dice Karen Wiggins, mirando al cielo eternamente azul de esta ciudad perdida en el tiempo. EC

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