Los dos atletas más laureados de los últimos tiempos se despiden de los Juegos Olímpicos como se esperaba, con autoridad 

Uno domina en tierra firme, el otro en el agua. Son como dioses del Olimpo. Hermes, el de los pies alados, reencarnó en el jamaicano Usaín Bolt, el rey indiscutible de la velocidad. Poseidón dejó el agua de los mares por el agua dulce de las albercas de Baltimore. Se llama Michael Phelps. Los dos ya son leyenda.

El tiburón Phelps anunció su retiro de los Juegos Olímpicos después de colgarse 5 medallas de oro y una de plata. Pan comido. Su largirucho torso y sus elásticos brazos fueron hechos para nadar, como un submarino a toda máquina. Una vez en el agua, es imparable; así lo ha sido desde Atenas 2004. En Río la gente alrededor del mundo siempre estuvo pendiente para verlo en acción. Con 31 años encima demostró ser el mejor y con eso dijo adiós. Allí quedará para la historia su palmarés de 28 medallas en total, 23 áureas.

Bolt es otro caso especial. Otro gigante que ve por encima del hombro a sus competidores. A pesar de haber sufrido escoliosis, una curvatura anormal de la columna vertebral que le ocasionó una cojera casi imperceptible, vuela en la pista de tartán. Nadie ha podido con él desde que explotó en el 2008; ni en Juegos Olímpicos ni en Mundiales de Atletismo. Al cierre de esta edición, al rayo jamaicano le quedaba una carrera más para lograr el histórico triple-triple: tres medallas de oro en tres Olimpiadas consecutivas. Usaín es talento puro, natural. Nació para correr.

Los Juegos viven su última jornada. Estaremos pendientes de los últimos medallistas, de ver si alguno de nuestros paisanos se sube al podio, de emocionarnos con la ceremonia de clausura; pero en nuestra memoria quedarán las imágenes de un tiburón surcando velozmente las aguas y de un rayo luminoso de apellido Bolt que en Río compitieron con los mortales. EC

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