En un partido de vuelta que será inolvidable, Tigres se coronó en CU al vencer a Pumas en la tanda de penales

Nadie daba crédito a lo que pasaba en la cancha de Ciudad Universitaria. Pumas le hizo honor al lema que adorna el escudo de la UNAM: “Por mi raza hablará el espíritu”, se levantó de la lona para darle pelea a unos felinos más grandes y más fuertes, a unos Tigres que llegaron a la capital a ponerle la cereza al pastel.

El Olímpico Universitario era un hervidero de emociones. Lleno hasta las banderas y con miles de correligionarios pumas esperanzados, más tal vez que los propios jugadores, de que existen los milagros. El “Goya” era ensordecedor. El ambiente estaba puesto para la hazaña. Los que han estado en esta clase de partidos en CU saben de la adrenalina que corre a raudales cuando los Pumas se juegan la vida. Si no, también pueden preguntarle a los que han tenido la fortuna de presenciar un clásico de fútbol americano contra los Burros Blancos del Politécnico. El escenario se transforma y cobra vida, y respira, y alienta, y empuja, y emociona hasta el más insensible.

Tigres llegó con la misión de aguantar la cómoda ventaja de tres goles que consiguió en el Volcán. Puro trámite para colgarse las medallas después de 90 minutos. Pero la moneda todavía no caía al suelo y los del Pedregal reviraron rabiosos ante las tres tarascadas que les dio el rival en el primer episodio. Poco a poco las ganas y el coraje que no mostraron en el primer partido empezaron a asomarse. Ahora o nunca. Y como uno solo salieron a morder al tigre, a dejar la piel en cada jugada, a creer que la derrota solo está en la mente de los derrotados. Y así como Lázaro salió del sepulcro, los capitalinos, entre estertores de muerte, regresaron a la vida.

El tercer gol de Pumas desató un mar de emociones. Silvio Torales, que comió banca durante casi todo el torneo, anotó el gol de su vida y de la de su equipo. Tigres estaba “grogui”. Los norteños parecían atontados, nerviosos y sorprendidos por la reacción de su rival. La mesa estaba servida para la voltereta definitiva, pero había más por delante.

En la Macroplaza de Monterrey miles de aficionados se reunieron para celebrar el cuarto título de su equipo, pero la dicha se les fue al pozo con el gol de Torales, el silencio cayó como una manta densa y oscura. Mientras tanto, la gente en el estadio gritaba y saltaba de alegría. Al “Tuca” Ferreti le salían más canas y más improperios que nunca. El imperturbable Memo Vázquez se paseaba nervioso en un espacio que no lo podía contener. Los tiempos extras llegaron con más subibajas emocionales, el ritmo cardiaco estaba por quedarse quieto para siempre de tanto sangoloteo.

Y llegó “Monsieur” Gignac para darle a Tigres el soplo de vida que tanto necesitaba. Y Tigres volvió a rugir… por un momento. Alcoba, con toda la rabia contenida, se encontró un balón en el área chica rival y la empujó a las redes. Pumas y su gente eran el delirio total. Y el “Perro” Bermúdez se quedaba afónico de tanto gritar en la transmisión televisiva. Y a Ferreti casi se le tuerce todo por ser tan ratonero. Pero esos últimos momentos del tiempo añadido fue el regreso del control del equipo norteño. Con más prestancia y con un gigante como Gignac en el ataque tuvo la oportunidad de ganar allí mismo la apuesta, pero el “Picolín” le sacó un increíble mano a mano.

En los penales, el que empieza mal, mal acaba. Allí se conjugan muchas cosas, la más importante es la mentalidad y Fidel Martínez no pudo controlar a un monstruo de dudas que lo consumió en solo segundos. Los Tigres respiraron hondo y uno por uno cumplieron con su misión. El yerro de Javi Cortés fue la confirmación de que Pumas había llegado al límite. Tigres era campeón y la Macroplaza estalló, y los mil seguidores de la siempre fiel afición norteña que estaban en CU festejaron la cuarta corona. Y Nahuel Guzmán se fundió en un histórico beso con con el último ejecutor de los penales, un Israel Jiménez que estaba en las nubes.

Bendita final mexicana, que esta vez no se guardó nada para hacernos disfrutar de un partido memorable, de esos que te dejan en la pupila y en el recuerdo que el fútbol es el deporte más bello del planeta. Pumas no ganó la ostava estrella, pero se ganó el respeto y el reconocimiento que solo los valientes se merecen. Y Tigres, bueno, sencillamente ¡Tigres es el campeón! EC

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