Omar Bravo se convirtió en el máximo goleador del Guadalajara, un logro destacable por el momento que atraviesa el equipo tapatío

Se vale aplaudir, reconocer y valorar lo que acaba de hacer el mochiteco Omar Bravo. Era cuestión de tiempo. Era solo un gol de distancia para alcanzar al legendario artillero Chava Reyes, al inmortal campeonísimo cuyo nombre está escrito con letras de oro en la historia del Rebaño Sagrado por haber marcado 122 dianas vestido de rayas.

Omar lo buscó, lo olfateó, lo deseó, hasta que llegó la oportunidad de gritar a todo pulmón el gol que igualaba la marca. Cirilo Saucedo, el arquero del Morelia, fue protagonista de la gloria de un delantero que no es el más alto ni el más fuerte, pero sí el más sediento y el más tozudo.

Lo demás era ganancia. Bravo sabía que era su momento y con esa vehemencia con la que un sabueso busca a la zorra anotó otra vez en lo que fue su subida al cielo tapatío. La victoria de las Chivas fue importante, pero pasó a segundo término. Omar Bravo era el héroe, un héroe humilde que con ojos empañados agradecía a Dios, a su familia, a sus compañeros y a sus antepasados rojiblancos por haberle ayudado a cumplir la proeza.

Hay otros que tienen más goles vistiendo una sola casaca, como Zague con el “Ame”, Hermosillo con la Máquina, Cabinho con los Pumas o Cardozo con Toluca, pero Omar parece haber trabajado jornadas dobles en tiempos de vacas flacas y con nombres que por reflectores son menos que los extranjeros que abastecían de balones a los primeros mencionados.

Bravo tiene hasta diciembre para ensanchar la diferencia. Después podría emigrar, dicen que a la MLS. Mientras tanto, el de la mirada esquiva deja los pies en la tierra para ponerse el overol y seguir machacando defensas. El equipo lo necesita para sumar puntos y alejarse de la quema. Sí, el hijo pródigo todavía tiene mucho que darle a una institución que lo llevará para siempre en su memoria. EC

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