Sus caderas llevan con renqueante dignidad la carga histórica que les ha tocado soportar, aunque once anillos después y 19 temporadas más tarde, empiezan a pedir una retirada a tiempo. El problema reside sin embargo, en la obstinación de la materia gris del dueño del organismo, un Phil Jackson que todavía no parece tener bastante pese a sus números inalcanzables en la NBA.

Además de los citados once tronos de campeón de la mejor liga del mundo, tiene en su alforja el mayor número de triunfos de un entrenador profesional en activo con más de 1.000 victorias en partidos oficiales y más triunfos que nadie en unos playoffs, con 202. Dicen sin embargo las malas lenguas, que si Jackson consigue el objetivo de lograr otro título más para igualar el récord de 17 entorchados de los Celtics de Boston —el tradicional archirival de sus Angeles Lakers— dejará paso al siguiente técnico.

“Es un año con todo tipo de opciones: oportunidades para ganar, para igualar a los Celtics”, declaró hace unos días el maestro de Deer Lodge, Montana, el pequeño pueblo en el que vino al mundo Jackson un 17 de septiembre de 1945. Toda una declaración de intenciones para un hombre que, pese a su incombustible ambición, nunca quiso llevar su vida por los derroteros de gloria en los banquillos.

Dijo desde un principio que quería jugar al baloncesto y apartarse de las canchas tras su retirada en 1980, saciadas entonces sus ansias con dos anillos de campeón con sus adorados New York Knicks de la década de los 70 y un pasable discurrir con los New Jersey Nets. Y lo dejó claro en una conversación con Mike Riordan, el base de los Knicks con el que compartió tres temporadas. “Phil me dijo: Mike, tú eres de la clase de tipos que no puede vivir sin el baloncesto. Cuando acabes, y siendo el ‘yonqui’ que eres, te dedicarás a entrenar el resto de tu vida”.

Ironías de la vida. Ahora es su obsesión, la disciplina que le ha dado fama mundial. Aunque muchos dan palos de ciego sobre lo que es Jackson en el fondo, sus manías, su fama de estricto e intratable y su presunto carácter infranqueable. Sólo tipos como Roland Lazenby, escritor deportivo y experto en los Lakers, saben en realidad que “la clave es su inteligencia, lo que durante años intimidó a jugadores y a los que estaban a su alrededor”.

Pero en realidad es un entrenador que rara vez levanta la voz con salidas de tono tras una derrota, “ni un tipo predecible ni contrariado, sino alguien con un entendimiento soberbio del juego, y con una memoria enciclopédica para recordar cada partido, lo que hacía jugar a su equipo con ventaja”.

Lo decía el propio Michael Jordan. “Con Phil, siempre hay juegos mentales”, un título que el propio Lazenby usó para escribir una biografía no autorizada sobre Jackson.   

En ella el de Montana aparece como un personaje sabio y metódico hasta el cansancio, tanto que hasta soñaba con ello, algo que también acaba de corroborar en otro libro —”Laker Girl”— la que fue su amante, Jeanie Bush, hija del dueño de los Lakers, Jerry Buss. “No podría explicar la cantidad de veces que me daba codazos pensando que era un rebote”, cuenta con ironía. “Quizá hubiera sido bueno dormir cada noche con un silbato”.

Pero Jackson quiso ocultar su obcecación desde el principio, construyendo una imagen de desdén que escondía un método estricto y disciplinado. Llegó incluso a cortarse la uñas durante la prórroga de un partido que los Lakers perdieron en Dallas, como si la cosa no fuera con él, aunque por dentro estuviera a punto de estallar.

“Sí, hago cosas extrañas, pero estoy muy, muy cuerdo”, dijo Jackson en una entrevista en 1990, durante su primera temporada con los Bulls. “También soy una persona muy centrada, y siento que tengo el control de las cosas”.

Puede que esa parte le viniera de sus años de infancia, marcada por el estricto carácter religioso de sus padres, ambos ministros de la Asamblea de Dios de la iglesia pentecostal. El joven Phil creció en un entorno donde no estaba permitido ver la televisión ni bailar. Represión al máximo.

Después se sacudió la espina con su eterna rutina tras los partidos: dos cigarrillos y una cerveza para analizar las estadísticas al milímetro y poder hablar con su equipo con propiedad.

Ahora dicen los que le han seguido los pasos que es probablemente el mejor de todos los tiempos. “Está en la lista de los más grandes, de eso no hay duda”, afirma convencido Randy Harvey, subdirector de Los Angeles Times y ex jefe de deportes del diario más conocedor de la franquicia californiana. “Ha logrado  manejar como nadie a jugadores poderosos, algo que otros no supieron hacer con Wilt Chamberlain en su equipo, por ejemplo”, un comentario que avalan las estadísticas con dos de sus grandes estrellas, Michael Jordan y Saquille O’Neal, que sumaron trece temporadas sin ganar el título y que se hicieron con su primer anillo cuando tuvieron a Jackson en la banca.

“Además tiene la filosofía adecuada, porque deja resolver los problemas a sus jugadores sin estar encima de forma constante. Les deja saber que confía en ellos y sus hombres responden haciendo valer esa confianza”, indica Harvey. “Nunca verás a Jackson pedir muchos tiempos muertos”.

“Y lo más importante: supo elegir en el momento adecuado a un jugador como Pau Gasol, la clave para que el equipo esté donde esté y su mejor fichaje en su etapa con los Lakers”. No quiere decir, sin embargo, que le diera trato de favor.

Dicen que nunca ha buscado el amor de sus jugadores, aunque se haya ganado a varios a pulso, empezando por Kobe Bryant.

Pese a todo, su ego no golpea las paredes de los estadios ni eclipsa jugadores. Le basta con saberse el que controla el vestuario y el entorno a su manera mientras emprende otra campaña, la vigésima, en pos de algo más grande si cabe, de la docena de anillos para hacer más grande su leyenda, si que eso es posible.

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