Todavía cuesta trabajo asimilar la dura lección que la selección de Chile le dio a todo el fútbol mexicano

La del sábado fue una auténtica pesadilla. Toda la noche fue difícil conciliar el sueño. Una y otra vez aparecían en escena los 7 goles de Chile a la Selección Mexicana, y del escarnio de los que no tardarían en echarle sal y limón a esa llaga que sigue abierta y de un rojo encendido que, ah, cómo arde.

No hubiera sido tan dolorosa si la victoria del campeón de América hubiera sido de 3-0 o 4-0 para exagerar. Se acepta que fue mejor y punto, a empezar de nuevo; pero lo que pasó en Santa Clara fue vergonzoso. Nadie daba crédito a lo que se veía en la cancha cuando empezaron a caer en cascada del cuarto gol en adelante. México era un zombi, un muerto viviente que veía imposibilitado cómo Alexis, Vidal, Vargas y todo el arsenal chileno les pasaba por encima con una facilidad increíble.

Esta humillante derrota fue un duro despertar del cuadro tricolor, uno que ya desde el inicio de la justa dio bandazos de inseguridad y falta de aplomo; lo que pasa es que los resultados maquillaron un poco las carencias de un sistema que nunca pudo funcionar. Contra Uruguay poco faltó para que les sacaron el partido. Jamaica con un poco más de puntería le hubiera puesto a sufrir, y Venezuela también exhibió la pobreza futbolística de un grupo que nunca lo fue.

Muy pocos se salvan. El que puede caminar con la cabeza en alto es Néstor Araujo, señalado por muchos como un defensa rústico, dio una lección de gallardía, de entrega y de corazón. Otro es el capitán Rafa Márquez, quien muy a su pesar no fue de los que se llevaron la goleada, pero que desde el banco les gritaba a sus compañeros para que despertaran de su letargo. Otro más fue Raúl Jiménez, quien luchó con valor pese a no jugar en su posición.

Del otro lado, de los que habría de hacer un análisis para ver si los vuelven a llamar están Jesús Dueñas, que ni contiene, ni ataca, ni estorba, ni nada. Una gran decepción fue el torneo de Héctor Herrera, mucho talento pero juega como si estuviera flotando en la cancha. No mete la pierna, no corre y pierde unos balones de forma increíble. Tampoco gustaron ni Héctor Moreno, ni Layún, ni Paul Aguilar, ni el “Chucky” Lozano. El “Chicharito” es un caso aparte. Siempre estuvo más solo que un náufrago en sus batallas contra el enemigo.

Fue una dura lección de la que se tiene que aprender algo, por ejemplo, que al futbolista mexicano le falta intensidad. Juega bien, sabe manejar el balón, sabe rematar, sabe defender, pero casi siempre se queda sin meter la cuarta velocidad. Están acostumbrados a que cuando alguien recibe la pelota, el rival le da todo el tiempo del mundo para darse la vuelta, trasladar el esférico, fijarse quién está desmarcado y entonces sí, mandar el pase. Chile les hizo ver que hay otra realidad, la de los títulos, la de estar siempre alertas y no dejar de presionar ni de correr en todo el partido, pero con inteligencia para robarte el balón y hacerte daño.

Lo de Juan Carlos Osorio es de analizarse más a fondo. Con esto quedó demostrado que su sistema de rotación puede ser bueno hasta cierto punto y que trabajar con una selección es muy diferente a hacerlo con un equipo cualquiera. Creo que ya se dio cuenta de que a pesar de que sus jugadores lo apoyan, siguen sin entender su filosofía; es más, hasta parece que les borró de la cinta la garra y la agresividad que les había impuesto el “Piojo” Herrera.

No queda de otra más que aguantar vara, aunque el 7-0 quedará como una cicatriz que no se borrará durante muchos años o hasta que el Tri le meta otros 7 o de perdida 5 o 6 a los chilenos, en un partido oficial y allá en su propio gallinero. ¿Está cañón, verdad? EC 

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