Más de quince años estampando playeras

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La experiencia se gana con los años, y Ricardo Aguilar lo sabe muy bien. Luego de 17 años en el negocio de serigrafía, este inmigrante proveniente de México D.F. se ha ganado el derecho de ser supervisor en el taller de estampado de camisetas donde traba-ja, ubicado en la ciudad de Buena Park.

“Empecé limpiando cuadros (así llaman a los lienzos donde se imprimen los diseños que luego estampan en las prendas). Así estuve dos años y luego pasé a operar una máquina”, explica Aguilar, quien añade que un aprendiz entra ganando el mínimo, mientras que alguien experimentado ingresa casi el doble.

Ricardo comenta que la mayoría de prendas con las que trabaja son camisetas, aunque también se imprime en gorras, chamarras y banderas, entre otros. “El proceso es medio complicado. Por eso toma tiempo llegar a ser un impresor experimentado”, dice Aguilar.

Primero se hace el arte en una computadora, misma que prepara los negativos –uno por cada color que lleva el diseño. Hay ilus-traciones que pueden llevar hasta 6 colores–. Se prepara el “screen” (el lienzo) con la pintura indicada. Se aplica un químico llamado emulsión y se expone a la luz. Luego se traslada cada cuadro a una máquina que llaman pulpo, que asemeja a un cefaló-podo mecánico. Allí se van colocando las prendas que luego de ser impresas con el diseño van a parar a un horno para el secado. Al final, se doblan las piezas y se empacan listas para la entrega.

“En un pulpo manual podemos imprimir de 40 a 50 piezas en una hora si se trata de un diseño de cuatro colores, mientras que en una máquina automatizada se pueden hacer hasta más de 500 playeras también en una hora”, explica Ricardo.

Y así, entre el olor de las pinturas, el calor del horno de secado y las cajas llegando y saliendo, Ricardo se gana la vida operando estas máquinas de donde salen prendas vivamente estampadas con los más variados diseños. Ese es el entorno en el que se des-envuelve todos los días este defeño que dice que le gustaría pronto tener su propio negocio. Por experiencia no queda.

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